Lo inexplicable no existe solamente en Halloween

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Texto y fotos por: Dahiana Julio Castellanos

Lo desconocido nos pone los pelos de punta, pero también nos emociona y acelera el corazón. Cuanto más miedo sentimos, más curiosidad experimentamos. Somos seres cautivados por el misterio y Halloween es la excusa perfecta para hablar sobre lo inexplicable.

Sonidos extraños, puertas que se abren y se cierran solas, luces que titilan y sentir la presencia de algo o alguien a pesar de estar solo en la habitación. Creer en sucesos paranormales es difícil para algunos, pero con estas historias cualquiera pensaría que no solo pasan cosas insólitas el 31 de octubre sino todo los días del año.

Muchos tenemos un familiar, amigo o conocido que ha vivido experiencias que la ciencia aún no ha podido explicar y mientras llega una respuesta solo nos queda compartir historias y cuestionarnos si fue real o producto de nuestra imaginación.

Hombre sombra

Para Laura Camila Marín, de Manizales, el momento que marcó un antes y un después en su vida fue negar la existencia de Dios y alejarse de la religión católica, pues cuando llegaba la madrugada y el reloj marcaba las 3:00 a.m. comenzó a ver la silueta de un hombre con sombrero que se posaba estático en la puerta de su cuarto y la observaba dormir.

“Todas las noches a la misma hora me despertaba y lo veía, pero nunca lograba ver su rostro. Lo que hacía era esconderme bajo las cobijas y a veces pasarme a dormir al cuarto de mi her- mana, aunque nunca le mencionaba nada”, reveló Marín.

El tiempo pasó y Laura continuó recibiendo las visitas de la sombra hasta que un día esa figura oscura y larga se acercó tanto a ella que la hizo gritar, su mamá alarmada por los chillidos entró a la habitación y se enteró de lo que veía su hija.

“Ella compró agua bendita, la echó por todo mi cuarto y rezamos por dos días seguidos”, explicó la joven quien aún no entiende lo que vivió. Sin embargo, después de orar el hombre sombra desapareció para siempre.

La niña de mis sueños

Jorge*, que vive en Medellín, suele tener sueños tan tenebrosos que parecen escenas extraídas de películas de terror. El que más recuerda es uno en el que aparece en una casa abandonada acompañado por una niña de pelo blanco, al verla intenta tocarle el hombro, pero algo ocurre y se despierta.

Este sueño, que se tornó en pesadilla, atormentó su mente mientras dormía durante tres noches seguidas. “Me despertaba a las 3:30 a.m. ni un minuto más ni un minuto menos. En la tercera y última noche en que se repitió, me desperté y alguien se rió dos veces”, aseguró el hombre.

La historia no terminó ahí porque luego de escuchar las risas, Jorge, completamente solo en su cuarto, vio cómo sobre su cama se formaba la presión que ocurre cuando una persona se sienta. En medio del desespero, este joven empezó a ir a la iglesia y así, casi que por arte de magia o de rezos, las pesadillas se detuvieron.

El guardián de San Felipe

Evelyn Gómez durante gran parte de su infancia vivió en el barrio San Felipe de Guayaquil, Ecuador. Lo recuerda perfectamente porque la leyenda urbana cuenta que aquella zona de la ciudad antes de convertirse en un conjunto de edificios era un gran cementerio.

A pesar de lo que decía la gente, Evelyn no había vivido nada extraño hasta que un día visitó junto con su mamá y amigos los edificios que estaban construyendo al lado de su casa. “Fuimos en la noche como si no le tuviéramos miedo al diablo. Recuerdo que de un edificio se veía una silueta negra que nos estaba sa- ludando con la mano y luego oímos como si estuvieran jalando cadenas”, dijo la ecuatoriana entre risas.

En la construcción no había nadie pues era tarde y los obreros habían terminado su jornada, además en el lugar ya no quedaban materiales por lo que Evelyn todavía no se explica de dónde provino el ruido de las cadenas. Antes de abandonar el lugar se cruzaron un gato y volvieron a ver la silueta, pero esta vez más cerca.

Oscuridad en el tercer piso

Cuando Estefanía Mozo tenía seis años vivía en una casa enorme en Manzanares, Caldas. En el segundo piso residía junto a su familia y en el tercero una pareja bastante peculiar. Las malas lenguas del pueblo aseguraban que la mujer de la última planta practicaba brujería pues a las 3:00 a.m. y de la tarde cerraba las cortinas y encendía velas mientras hacía rezos.

“Yo gritaba y sudaba dormida. Mis papás y mi hermana me despertaban y cuando abría los ojos veía sombras y escuchaba cosas. Podía durar hasta dos horas así hasta que la señora de arriba acabara con su ritual”, afirmó Estefanía quien terminó recibiendo la ayuda de un cura que le sugirió usar un rosario y escapulario hasta que se reventaran.

Para frenar lo que estaba sucediendo el padre invitó a la joven a su oficina. Allí le enseñó una oración en un idioma desconocido y mientras ella repetía comenzó a visualizar lo que veía al dormir. “Al padre lo vi como una mancha gigante hasta que me tocó la cabeza, sentí frío y lloré. Hasta ahí me acuerdo, luego desapareció todo”, enfatizó.

Los padres de Estefanía creen que su hija, al ser la persona más pequeña e inocente de aquella casa, absorbió las energías negativas de las prácticas que realizaba su vecina.

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