Texto y fotos por Alejandro Marín
En la zona industrial siempre hay un rumor, un zumbido eléctrico que atraviesa la madrugada y anuncia el comienzo de otro turno. Aún no amanece y ya el aire huele a tinta, aceite y neblina. Los portones se abren como párpados de hierro; las luces blancas se reflejan sobre el asfalto húmedo y el ruido de las máquinas se mezcla con la respiración de quienes empiezan el día antes que todos. Luis Enrique Rendón, un hombre de poca estatura, contextura gruesa, tez blanca y algunos pelos en su cabeza, camina con paso firme entre pasillos de concreto, saluda a los vigilantes que aún bostezan y devuelven el saludo con pocos ánimos y cansados.
Hace trece años trabaja en la zona, pues maneja una impresora flexográfica. Su ocupación consiste en manejar la máquina que imprime los diseños, colores y toda la información legal de los productos.
En los primeros días de diciembre de 2019, cuando el trabajo aumentaba y la presión también, un error lo marcó: la máquina atrapó tres de sus dedos. Gracias al protocolo rápido de la empresa y a la reacción inmediata de sus compañeros, todo quedó en un susto. Aunque no tiene la misma movilidad en la mano izquierda, eso no le impide trabajar con la misma precisión de siempre. Desde entonces, cada jornada empieza igual: observar, ajustar, comprobar.
Entre esas máquinas está María Antonia, su hija de 19 años. Ella habla de la zona industrial como una presencia silenciosa y poderosa:
“Gracias al trabajo de él podemos pagar el arriendo, las facturas, tenemos comida.”
En sus palabras hay orgullo, pero también un eco de cansancio heredado.Según la Cámara de Comercio de Manizales por Caldas, la industria manufacturera representa el 17,7 % del PIB municipal y genera el 14,2 % del empleo en el área metropolitana. En esa cifra habitan las voces de trabajadores como Luis Enrique, que sostienen la economía desde el anonimato, entre horarios rotativos y manos cansadas. El aire huele a disolvente y café. Los trabajadores cambian de turno, las sirenas anuncian el descanso de unos y la llegada de otros. Las calles internas están vivas: camiones que descargan, motos que pitan, obreros que comen de pie. La rutina se repite como un engranaje que no deja espacio para la pausa ni para la nostalgia.

Juventud a contraluz
Cuando el sol cae de frente sobre los techos metálicos, el calor se vuelve un obstáculo. Las manos sudan, los ojos arden.
En una de las plantas, Juan Pablo Ruiz, de 21 años, acomoda dulces recién empacados. “Yo trabajo en una empresa muy reconocida por sus productos de alimentos. Soy encargado de todo el empaquetamiento de los dulces”. De estatura media, cabello negro y sonrisa amable, su uniforme blanco resalta bajo las luces del taller. Se mueve con precisión entre las bandas transportadoras, cuidando que cada empaque quede perfecto. El calor lo agota, pero no se queja; dice que el trabajo le ha enseñado a tener paciencia y a no perder el ritmo.
Empezó a los 19, sin haberlo planeado. “No fue una decisión, tampoco fue por gusto, sino que la necesidad le obliga a uno a
meterse en esas cosas”. Se levanta temprano, ayuda en la casa, trabaja más de ocho horas y regresa de noche, con la ropa impregnada de azúcar y esfuerzo. “Yo siento que es complicado trabajar desde tan joven, porque uno quiere estudiar, tener su tiempo, pero toca ponerse los pantalones”.
Aun así, no se rinde. “A mí me motivan las ganas de salir adelante y mi mamá. También quiero cumplir mis sueños”. Mientras
habla, su voz se confunde con el ritmo de las bandas transportadoras. Hay ternura en sus palabras, pero también una claridad que no necesita dramatismo, el trabajo es peso y esperanza a la vez. Según el Centro de Información Empresarial
de la Alcaldía de Manizales, la tasa de ocupación local alcanzó el 54,1 % en el trimestre febrero–abril del 2025, impulsada por el crecimiento de la industria manufacturera.
Las cifras confirman lo que se respira en el aire. Aquí la economía no se mide en porcentajes, sino en horas extra, en madrugadas, en cuerpos que aprenden a resistir.
El café que sostiene la jornada
Al caer el sol, la zona industrial cambia de piel. Los turnos nocturnos entran con pasos apurados, las luces amarillas se encienden y los ruidos se duplican. Entre ellos, aparece Elvira Cardona, con su carrito de tinto y pan. Tiene 58 años y seis de
recorrer estas calles de concreto.
“Cuando hace bonito día estoy prácticamente todo el día. Cuando está cayendo agua, trabajo por la mañana y en la tarde”.
Ya conoce a todos los que llegan con hambre, a los que buscan conversación, a los que se esconden detrás de un tinto doble para no dormirse. “Antes esto se movía mucho más. Yo me hacía tres viajecitos, cuatro, y ahora ya no pasa”.
Elvira Cardona tiene un rostro que el tiempo ha ido puliendo con paciencia. Las canas poco a poco se asoman, le enmarcan
la cara y se escapan del moño con el que intenta domarlas. La piel, clara y de contextura gruesa. Suele vestir ropa cómoda:
sudaderas, camisetas sencillas y un buzo que nunca le falta, como dice riendo “allá uno se enfría hasta el pensamiento”.
Empuja cada mañana su carrito rojo y se logra ver la madera sobre la cual lo pintaron, cargado de termos y pan, recorriendo las calles donde todos la conocen. Recuerda que una vez, un aguacero la sorprendió sin toldo y, en vez de irse, los obreros la
ayudaron a cubrir el carrito con plásticos del taller.
“Ese día vendí mucho, porque nadie podía salir. Paso el tiempo y muchos terminaron tomando café conmigo”.
Habla con la serenidad de quien ha aprendido a resistir lo inconstante. “Uno no puede mal agradecer, todo cambia. Antes era difícil, pero se movía. Ahora está más duro, pero igual toca seguir”. Entre un sorbo y otro, el cansancio se disuelve apenas un instante, y ella sigue, empujando su carrito como quien empuja la vida misma.
El eco de las máquinas
El día termina igual que empezó, con ruido. Luis Enrique apaga la máquina y revisa que todo quede en orden.
“La invitación es a que las personas conozcan la zona industrial, que es muy extensa, porque hay mucho para aprender de todo lo que hay aquí.”
Su voz se mezcla con el rugido de los motores que se apagan. Afuera, Elvira empuja su carrito vacío cuesta arriba. María
Antonia duerme en su casa y Juan Pablo regresa en la ruta de la empresa, mirando por la ventana el reflejo naranja de las luces que titilan sobre la ciudad. El silencio no llega del todo. En la zona industrial siempre queda un rumor, un zumbido eléctrico que recuerda que aquí el tiempo se mide en turnos, no en días. Manizales duerme, pero las máquinas
siguen funcionando en voz alta.
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