Por María José López y Zamara Dussán
Los vecinos escuchan golpes en la puerta, tienen la leve sospecha de que afuera están los testigos de Jehová. Al mirar por la rendija de las cortinas, observan un grupo de personas con chalecos coloridos. “¿Quién le va a querer abrir la puerta a uno un domingo a esta hora?”, menciona entre risas Wilder Escobar, el candidato al Senado que comenzó su recorrido a las 9 de la mañana en Palestina, Caldas.
Manuela Morales Gómez, colaboradora de campaña, describe a Escobar con esta escena. El samanense no aparece primero como candidato cuando hablan de él, aparece como un hombre hogareño.

Antes del Congreso, la casa
Wilder Iberson Escobar Ortiz mide 180 centímetros de estatura, sus manos amplias y firmes parecen acostumbradas a saludar sin prisa. En el dedo anular de la mano derecha resalta un anillo de bodas dorado que brilla cuando levanta la taza de café. Sonríe de par en par antes de sentarse. Habla con tono pausado, como quien mide cada palabra, pero no esquiva la mirada.
Nació el 24 de abril de 1980 en Samaná, Caldas. Su padre es agricultor y su madre fue profesora. Cuando habla de su infancia tiene un recuerdo latente, mientras entrelaza sus manos y soba su dedo pulgar en el lomo de su otra mano cuenta cómo su padre lo cargaba en las piernas cuando era pequeño mientras sonaba El arruinado, de Gildardo Montoya. La imagen aparece cada vez que vuelve a Samaná.
Con el tiempo tomó la decisión de estudiar ingeniería industrial en Ibagué. Allí vivía una tía, lo que facilitaba los costos y, además, quedaba más cerca de Samaná. No fue una elección al azar, sino el resultado de unir lo que quería estudiar con lo que era posible. Pero el paso no fue sencillo. Él mismo cuenta que la formación de un colegio en el campo no es la misma que la de una ciudad y que el primer semestre fue duro. No perdió materias, pero sí sintió el golpe académico. Lo describe como una especie de nivelación de saberes: “El esfuerzo que están haciendo allá, para que yo esté aquí estudiando, no puedo defraudar esa confianza”, recuerda el candidato.
Entre la rutina política y la familia
A las cinco de la mañana ya está de pie. Menciona que es un hombre disciplinado: su día empieza en el gimnasio. Realiza una hora y media de entreno mientras escucha noticias. Pero cuando se le pregunta por un día en familia ya tiene una fecha fija: los domingos. Levantarse temprano, estar con los niños, intentar salir a almorzar. A veces cine o algún espacio pensado solo para ellos. Diana Morales, jefe de prensa de su campaña, menciona: “Lo he visto en actividades familiares, en bingos, en el día de la familia, siempre con sus hijos. Es alegre, cercano, muy respetuoso”.
Dice que intentan combinar su día con ir a misa. “Somos una familia de fe”, siempre ha creído en Dios y cuando habla de él sonríe y da una mirada al cielo como quien agradece un milagro. Cuando se le pregunta qué lo calma en un día malo, cuando todo parece desordenarse, no habla de campañas ni de números, dice que son sus hijos, llegar a casa y abrazarlos.
Se conoció con su esposa cuando él tenía 19 años, estudiaba en la universidad mientras ella permanecía en Samaná, una canción marca la relación Tragado de ti de Peter Manjarrés. Lo hace conectar con ella. No lo expresa como una declaración ensayada, sino con la naturalidad de quien habla de algo que ha hecho parte de su vida durante años.

El camino que tomó forma
Wilder no creció en una casa donde la política fuera tradición. En su familia no había cargos heredados ni reuniones partidistas. Se fue a estudiar, regresó a Samaná y tiempo después lo eligieron alcalde. “Son los momentos y las cosas de la vida”, cuenta.
Jenny Villegas habla de él desde la experiencia cercana de haber trabajado en su administración. Más allá de los proyectos, resalta su manera de tratar a las personas y la cercanía que transmitía en el día a día. Lo describe como alguien amable, accesible y siempre dispuesto a saludar o tender la mano cuando se le necesitaba.
Después de la Alcaldía volvió a su labor habitual. Tuvo oportunidades de trabajo que lo alejaban de la contienda electoral. Pero el rumbo cambió otra vez. “A veces la vida es caprichosa”, dice. Le costó asumir que ya era político. Hoy lo reconoce sin rodeos, mientras quiere dar el salto en el Congreso, pasar de la Cámara de Representantes al Senado con la coalición del Partido Verde, En Marcha y ASI.
Frente al país, insiste en una idea que repite: escucharnos más. Colombia está dividida, asegura. Pone como ejemplo el salario mínimo: el trabajador quiere ganar más; el empresario necesita sostener su empresa; el gobierno debería inducir a la conversación. “Las necesidades no tienen color político”, afirma.
Habla también de la naturaleza. Dice que no la estamos escuchando cuando construimos a orillas de los ríos o descuidamos los páramos. Esta preocupación por el medioambiente se ve reflejada en la Ley 2427 de 2024, de la cual fue autor, una norma que institucionaliza la capacitación y enseñanza obligatoria en sostenibilidad ambiental, cambio climático y gestión del riesgo de desastres.

Cuando no rendirse es la respuesta
Cuando le preguntan a qué le tiene miedo hoy, responde: “A la indiferencia de la gente”. Y cuando le preguntan si hacer política en Colombia implica riesgo, no duda: “Todo el tiempo”. Mira hacia al frente y con voz entrecortada dice que sus padres rezan mucho por él: “Ellos saben que la política es un ejercicio difícil y lo que está a su alcance es orar”.
No negocia sus principios. Se define como un hombre de fe, de familia. Cree que la seguridad es un patrimonio fundamental, que la salud debe ser un derecho y que el país necesita cerrar la brecha de desigualdad. Wilder deja la taza de café, ya casi vacía, sobre la mesa con suavidad, como si en ese gesto también descargara el peso de la conversación. Hace una pausa breve, respira y, con voz calmada, replica:
“Y si pudiera hablar con el Wilder de hace diez años, le diría que no deje de soñar, que no se rinda, que avance. Que cuando se hacen las cosas con transparencia, honestidad y vocación de servicio, se abren puertas”.

