Texto y fotos por Jacobo Sosa
En el barrio Villa Hermosa, entre las lomas que miran a Manizales, hay un kiosko que no figura en los mapas, pero que todos
en el barrio conocen. Allí, cada tarde, los adultos mayores llegan con sus mazos de cartas, fichas de parqués, unas monedas y muchas ganas de conversar. El olor a tinto recién colado se mezcla con el humo de los cigarrillos, creando un aire familiar que solo se entiende estando ahí.
El kiosko fue construido y amoblado poco a poco. Las sillas desiguales y las mesas remendadas cuentan su propia historia: cada una proviene de una casa distinta del barrio. Si una se daña, entre todos la arreglan, como si el mueble fuera de todos, como si el lugar los necesitara tanto como ellos a él.
Aquí no se vende licor, pero abundan las risas, los chistes y las discusiones amistosas sobre quién hizo trampa. A veces alguien pierde más de lo que quería apostar, pero nadie se va molesto. Porque más que dinero, lo que se juega en este kiosko es el tiempo: un rato más entre amigos, una excusa para no estar solos.
Desde la puerta del kiosko, que marca la entrada y salida de la cancha del barrio. Se puede apreciar los paisajes que deja la ciudad día a día, al igual que el sonido de las cartas y dados sobre la mesa. Un tiempo y espacio que marca todos los días
una historia por contar.
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