Un clan de amor

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Texto y fotos por Andrea Vélez

“Pero usted me va a dar otro hijo, ¿cierto que sí?”. Eso es lo que le dijo Carlos Parra a Nubiola Salazar, después del nacimiento de Claudia Lorena, la primogénita, en 1995. La vida les tendría una sorpresa, una gran sorpresa.  

En la esquina del restaurante Don Juaco, en la Carrera 23 # 65C, en Manizales, Carlos Parra, de 63 años, está sentado en su banca, la misma que lo ha acompañado en los últimos 39 años en ese mismo punto. Al lado La chaza“, así llama a su creación: un carro de supermercado al que le adecuó una base de icopor para vender dulces, abajo, un termo lleno de tinto.  

Baja un carro, parquea, Carlos se pone de pie, le colabora y le dice: “Bien pueda, ahí queda bien”. Haciendo eso todos los días ha sacado adelante a sus diez hijos, diecisiete nietos y a su amada esposa, Nubiola. 

La gente pasa y le dicen: “Parrita cómo va”.  “Todo bien mijo”, responde.  Lo recuerdan por ser servicial y buen trabajador. Viste con chaleco reflectivo naranja y tenis cómodos. Un pequeño bafle rojo es su acompañante diario. Ahora suena El caminante de Las Hermanas Lago.  

Trabaja de domingo a domingo desde las ocho de la mañana hasta las nueve de la noche. Su rostro refleja cansancio y las arrugas alrededor de los ojos revelan todo lo que este hombre ha luchado en la vida, pero siempre dice que no, que ya está acostumbrado.  Es un rebuscador, cuando llegan temporadas como amor y amistad vende rosas de todos los colores. “Bien pueda, lleve la rosa pa’ la novia”, les dice a los jóvenes enamorados.  

Dicen que tiene un gran corazón. Es lunes, ha sido un día lento, pocos carros, lo que significa a poco dinero para su familia. Una mujer se acerca, va con su hijo de unos cuatro años. Dice que es de Supía, quiere regresar a su pueblo, pero no tiene con qué viajar, una sopa de almuerzo para su hijo descompletó el pasaje. Carlos, sin pensarlo mucho, le regala veinte mil pesos. Así es él. 

Una rumbita con Nubiola 

Nubiola Salazar, su esposa, nació en Samaná. Carlos Parra es de Arauca, Caldas. Se conocieron en 1994, ella tenía veintitrés y él treinta y tres años. Por cosas de la vida un conocido que tenían en común los juntó un día en la misma casa. Carlos quedó flechado, pero él desapareció por unos días. “Yo pensé que no lo volvería a ver”. 

Era la Feria de Manizales de 1995. Carlos la invitó al concierto de Pastor López en la Plaza Bolívar. Desde ese momento están juntos. Cada que tienen oportunidad de salir se van para el bar La Rumbita en la Galería. Bailan, toman unos tragos y recuerdan con risas el día que se conocieron. Aunque han pasado los años, el amor sigue vivo. Se besan, se abrazan, se aman.  Para Nubiola lo más especial que tiene Carlos es su corazón, hay una historia que siempre está ahí. Cuando ella era joven tuvo un hijo con alguien más, su pareja falleció.  Carlos, sin pensarlo, tomó a ese niño como si fuera propio. Así es él.  

Formaron su hogar en 1994. Cuando se dieron cuenta que iban a tener un hijo no cabían de la felicidad. Carlos cogió impulso para trabajar fuertemente en todo lo que pudiera, tenía una esposa y dos hijos por los cuales responder. Ya eran cuatro en la familia, pero pasaron los años y siguieron llegando los bebés. Él le dice: “Mamita, pero usted me va a dar otro hijo, ¿cierto que sí?”, siempre le repetía eso cuando recibían un nuevo miembro.  

Un castillo en Samaria 

“Yo le tengo mucho miedo a la soledad”, indica Nubiola.  No le gusta que su casa se sienta vacía. Sus hijos y nietos son los que le dan vida a su vivienda. Viven en el barrio Samaria, en una casa esquinera grande morada.  Al entrar está el comedor de cuatro puestos, un almuerzo en donde los Parra es una locura, algunos se sientan en el mesón, otros en el piso, pero, siempre, tratan de estar juntos.   

Alrededor del comedor hay un mueble color café, las paredes están adornadas con retratos de hijos, hijas, nietas en sus grados o momentos importantes y un cuadro grande de la Última Cena.  La casa de la familia Parra Salazar tiene un patio grande, ahí juegan por las tardes los niños.  

Son las seis de la mañana, Nubiola corre a despertar a Shaira Victoria, su hija de once años y a Kelly, de diecisiete. Mientras se bañan ella alista el desayuno. Media hora después despierta a su esposo. “Papito levántese ya mi amor”. Carlos se levanta y se organiza. Nubiola utiliza a diario para cocinarles una olla como las que se usan para hacer sancocho, a veces no le alcanza y debe poner otra. Un kilogramo de arroz y media cubeta de huevos se van diariamente en este hogar.  “Chao mami, bendición”. Esa es la despedida diaria de Nubiola para sus hijos, uno a uno va desfilando por la puerta.  

El último en salir es Carlos. Nubiola le entrega el almuerzo que le prepara a diario y le dice: “Chao mi amor, que mi Dios me lo bendiga”. Le pone la bendición. Se despiden como si fuera su primer beso. Después, la esposa se dedica a hacer las tareas del hogar. En la casa de los Parra por ahora viven seis personas, un número inusual en Colombia, porque, como asegura el DANE mientras que en el 2011 eran 2,58 personas por hogar, en 2021 el número ya iba en 2,54.  

A la casa le falta una parte por pintar. Carlos lo hace en sus tiempos libres porque es su casa, desde hace varios años paga, mes a mes, un préstamo, ya casi termina. Mientras que Nubiola hace de transporte y recoge a sus nietos en el jardín, luego pasa por Batuta.  

“Todo lo que yo gano diario es para mi familia, hay días buenos y malos, pero siempre llego con algo para ellos”, afirma. Ese hogar puede ser una locura, a veces. “Corra, corran” salen tres niños sin mediar palabra. Nubiola grita: “Vengan para acá, ¡ah estos muchachitos!” y entran. Breiner Steven es su nieto de cinco años, que no sabe si es su nieto o hijo porque su mamá se fue para Armenia, Quindío y lo dejó a su cargo. “Hola mi papito, lo más lindo que tiene el abuelo”, le dice cuando lo saluda.  

Son las ocho y veinte de la noche, después de un largo día, Carlos se alista para irse para su casa. Se dirige a guardar La chaza. Quedan pocos carros en la cuadra, ya es tarde. Su esposa y sus nietos lo esperan en la casa. La noche está fría, se pone un saco blanco delgado para trabajar, no le gustan las chaquetas acolchonadas. Pone un plástico negro para guardar su puesto de dulces. Es hora de ir a casa. Nubiola lo llama y le dice “Mi amor aquí le tengo la comida lista”. “Ya voy pa’ allá mi amor”, le dice Carlos.  

Pasa la calle, sube al cable para esperar su transporte. Mientras camina, escucha a bajo volumen música, el bafle todavía tiene batería. Toma asiento en la buseta, es de las últimas que pasan para ir a su barrio. Al bajarse debe subir unas cuadras para llegar a su casa. Toca la puerta de su casa, le abren los amores de su vida.

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