Texto y fotos por Anlly Hernández
Solo cuando reconozco mi fragilidad comprendo el valor de hundir las manos en la tierra, conecto con el alimento que nutre mi cuerpo. No se trata solo de sembrar, sino de sembrarse en comunidad, construyo lazos que me devuelven a lo esencial: la tierra, el otro y el acto de cuidar.
En este punto de encuentro, las personas sienten la calidez con la que la tierra los abraza. Es como estar en casa, donde eres libre de expresarte y de reconocerte vulnerable frente a los otros. Soy la huerta comunitaria Naksí en mí la energía fluye, somos fuerza femenina reflejada en el acto de cuidar. Co-creamos un espacio de vida y sabiduría con nosotros mismos y con el entorno. Los cuerpos que aquí danzan, cantan y se exploran, tejen juntos una red que concientiza e inspira el cuidado del territorio.
“La huerta representa mi vida, lo que soy, lo que quiero ser”—Santiago Castrillón, integrante de Naksí.
Trabajar la tierra es conectar con nuestros ancestros, honrar la memoria de quienes habitaron este territorio. Siempre buscamos un propósito de existencia y nos movilizamos en su búsqueda, sin darnos cuenta de que la forma más real de encontrarnos está en volver a las raíces, en fortalecerlas para que sigan creciendo. La vida y sus matices convergen en este lugar. Jóvenes foráneos sienten el llamado de habitarme, mientras las familias enseñan a sus hijos a divertirse y aprender más allá de las pantallas. En el corazón de la huerta florece el talento, la inspiración y la complicidad de disfrutar en comunión el sentido del proyecto, ese que nos invita a salir de la caja rígida de la urbanización.
La semilla que cada persona lleva dentro germina cuando pisa mi tierra. Santiago y Jerónimo recuerdan cuando jugaban en la finca de sus abuelos, hoy vuelven a ser niños que se deleitan conmigo, al convertir este espacio en soberanía y comunión.



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