Por: Laura Michel Salazar Rodríguez
Las mañanas en la carrera 23 despiertan entre el murmullo de la gente y la vibrante actividad que rodea un carrito de solteritas, una pequeña joya de madera pintada de blanco, ubicada frente al Club Manizales. A medida que la ciudad cobra vida, Amanda Cárdenas Ramírez, de 59 años, toma su lugar bajo una sombrilla de colores que en ocasiones la protege de la lluvia y, en otras, apenas le brinda compañía.
Amanda, con su cabello canoso y con determinación en la mirada, ha hecho de este lugar su hogar durante años. A las 10 de la mañana comienza su jornada, y con cada cliente, comparte no solo un producto, sino un pedazo de su historia. “Buenas a la orden! ¿Con qué la quiere? ¿Con queso también?”, pregunta mientras sus manos arrugadas preparan las solteritas dulces, que no son solo una mezcla de harina, crema, coco, queso y un toque de leche condensada, sino el reflejo de su vida marcada por la soltería y el aguante. Cada solterita es un pequeño testimonio de su lucha y su independencia, un dulce consuelo que ofrece a quienes pasan por su lado.
Aquí, entre el ajetreo de la vida en la ciudad y el eco de risas y conversaciones, se manifiesta su fortaleza, un espíritu indomable que persiste a pesar de las tormentas que ha enfrentado.
Una vida en solitario
Amanda cuenta con pena y con una risa nerviosa que ha estado soltera toda su vida. Perdió la virginidad a los 27, una decisión que siempre ha valorado. “Nunca quise tener que rendirle cuentas a nadie”, dice con firmeza.
Sin embargo, su vida tomó un giro inesperado en 2003, cuando una ginecóloga del instituto de La Liga Contra el Cáncer le advirtió que, si quería ser madre, ese era el momento. Sandra Marcela Perea, psicóloga, afirma que “las personas que generalmente deciden estar solas por decisión propia sin haber tenido traumas en su niñez son más analíticos y no permiten que una persona que quiera modificar su manera de ser, entre en su vida”.
“A partir de los 40 años, la fertilidad decrece dramáticamente. La reserva de óvulos se reduce notablemente, hasta el punto de que las probabilidades de quedar en embarazo sean muy bajas, menos del 5%”, reza un artículo de VITA Medicina reproductiva, una clínica de fertilidad de España.
Sin dudarlo, recurrió a Javier Villamizar López, un amigo cercano y, tras dos meses de intentos y un dolor de estómago que no cesaba se enteró que estaba embarazada de su hija Leonela. “Nunca le pedí nada, y él desapareció hasta que Leonela cumplió la mayoría de edad”, recuerda con serenidad.
A pesar de que no le gustan los niños y había pensado en permanecer sola, la llegada de Leonela le dio un nuevo propósito. “Hago las solteritas, porque no sé hacer nada más”, confiesa. Desde hace un poco más de 21 años, Amanda se dedica a venderlas, lo que le ha permitido sostenerse. Cada día, con su carrito de madera, enfrenta el vaivén de las ventas, que pueden variar de 30 mil a 40 mil pesos, suficientes para cubrir lo básico, aunque en ocasiones apenas alcanza para comer.
Recuerdos de una tragedia
El pasado de Amanda no ha sido fácil. Ocho años atrás perdió a sus padres en un derrumbe en el barrio Persia. Su hija quedó enterrada, pero sobrevivió, murmura en voz baja, como si temiera revivir el dolor. La tragedia le ha dejado huellas profundas, y aunque está en proceso de recibir una indemnización por la pérdida de sus padres, nunca habla de ello. Prefiere enfocarse en el presente, al visitar a menudo la casa donde vivieron, limpiándola con cariño como si cada visita fuese un acto de resistencia. “Está aporreada, pero es mi casa”, dice.
Amanda es la tercera de cuatro hermanas: Yorlady, Yolanda, Gloria Patricia y Rosa María. Ha visto cómo cada una ha formado su familia, mientras ella eligió otro camino. “Yorlady tiene cuatro hijos, Yolanda tiene dos, Gloria tiene siete y Rosa María tiene uno”, enumera con un leve suspiro, consciente de que su vida es diferente. Leonela, su única hija, tiene 21 años y es igualita al papá. Malgeniada y dedicada a su trabajo, también ha decidido no tener pareja.
Amanda vive con Leonela en un apartaestudio moderno en el barrio Colombia, donde cada rincón es blanco y minimalista. “Mi mamá siempre fue suficiente e independiente, nunca necesitó de hombre para ser un ejemplo en mi vida”, afirma con orgullo Leonela. Sin embargo, a pesar de la libertad que le otorga su estilo de vida, la soledad a veces la asedia. A menudo piensa en su amor imposible, Jaime, con quien comparte la misma edad y un pasado que nunca se concretó. “Nunca tuvimos nada, pero siempre estuve enamorada de él”, confiesa con sus ojos llenos de nostalgia.
Su carrito de solteritas, que compró por 350 mil pesos y mejoró con otros 100 mil, se ha convertido en su mejor aliado. “Le cambié las llantas y la vitrina. Ahora lo vendería por un millón”. Sin embargo, a veces considera dejar su trabajo y buscar algo diferente, como limpiar casas. A pesar de que la venta de solteritas le ha traído cierta estabilidad, la idea de un cambio siempre ronda su mente.
La vida no ha sido amable con Amanda; la han robado, especialmente en su antigua casa del derrumbe. Sin embargo, su espíritu es indomable. “He caído, pero siempre me levanto”, afirma. Cada día, enfrenta las calles de Manizales con su carrito y una sonrisa, está segura que su independencia y su capacidad para seguir adelante son su mayor tesoro.
Amanda vive el día a día, enfrentando cada desafío con la misma serenidad que emplea para acomodar sus solteritas. “Me toca, pero es de acostumbrarse”, repite. A medida que el sol comienza a ocultarse, ella concluye su jornada y se prepara para regresar a casa. En el trayecto, se detiene en su antigua vivienda, la casa que guarda sus recuerdos y su dolor. Con cada visita, fortalece su conexión con el pasado, mientras mantiene la mirada en el futuro, llena de esperanza.
Con un dulce en su carrito y la vida en sus manos, Amanda sigue endulzando las calles de Manizales, demostrando que, a pesar de la soledad, la fuerza y la independencia son el verdadero sabor de su vida.
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