Mujeres y montañas: la cima del mundo

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Texto y fotos por Valeria Buitrago

Actualmente Isabel Alejandra junto a Ana María y otras diez mujeres forman el grupo Colombianas a la cumbre. Han realizado diferentes expediciones a montañas como el Nevado del Tolima, el páramo del Puracé y a Ciudad Perdida.

“Niñas, esta es mi primera vez”, sus compañeras rieron. Esta fue la frase que dijo Isabel Alejandra cuando durmió en una carpa, mientras esperaba subir al Nevado Santa Isabel. Nunca lo había hecho, ni pasar la noche allí ni mucho menos escalar. En su cabeza había una concentración total: respira profundamente, pisa donde tienes que pisar. Son pensamientos que se pierden a medida que se gana altura y finalmente… te vas silenciando para buscar la cima del mundo.

“La montaña te muestra tus fortalezas y debilidades”: la mujer que sube
Isabel Alejandra Melo Sierra nació en Popayán hace 42 años. Cuando era pequeña se vino a vivir a Manizales porque su padre era médico y necesitaba instalarse en el Eje Cafetero. La mayor de cuatro hermanas siempre tuvo dos amores: la música y la medicina. Por eso la estudió en la Universidad Libre de Cali, hizo su práctica rural en Villagarzón, una zona roja del Putumayo. En enero del 2008 se fue a Brasil a continuar con cirugía general y aunque su sueño era ser cirujana plástica, más adelante se dio cuenta que eso no era lo suyo.

Decidió hacer cirugía pediátrica en Río de Janeiro. En el 2013 regresó a Manizales e inmediatamente se vinculó al Hospital Infantil Rafael Henao Toro. Desde hace un tiempo también es docente en la Universidad de Caldas y aunque su profesión demanda mucho tiempo, siempre saca espacio para todo. “Yo soy Isabel la mamá, la hija, la doctora, la profesora, la montañista, la amiga. Es como una mandala, porque todo lo que hago lo puedo compaginar”, narra.

“Esa fue la montaña que me despertó”, cuenta sobre el ascenso que hizo junto a su amiga Ana María al Nevado Santa Isabel, una de las montañas de la Cordillera central de Colombia, cuya cima se encuentra a 4965 msnm. Allí veía la fumarola del Nevado del Ruiz y la evaporación del río Cauca. Aunque ya amanecía, aún podía ver la luna llena que las acompañó durante el camino. Recuerda con ilusión aquel paisaje que divisó desde la cima. Esta fue la primera expedición de Mujeres a la Cumbre en el 2016.

Para Isabel Alejandra, la montaña empodera a la mujer. Porque le permite creer en sí misma, ponerse en el lugar de los demás y comprender que cada una puede hacer cosas que creía imposibles. Así mismo, lleva a reconocer la necesidad e importancia del trabajo en equipo. En las cordadas, una va atrás, una en la mitad y una adelante. Allí se ve la verdadera unión porque todas impulsan y todas sostienen.

En su trabajo diario, Isabel Alejandra debe actuar de forma rápida, ágil y precisa, siempre hay una dosis de adrenalina. Sin embargo, la montaña le ha enseñado a resolver con eficiencia los desafíos que se le presentan en la vida, en la medicina y en las alturas.

“En Guardianas de la Ladera me veo como una mujer fuerte, soñadora y capaz de salir adelante”, dice Paula Andrea.

Un ejemplo de vida: la mujer que guía

El monte Everest, la montaña más alta del mundo con unos monstruosos 8848 msnm, era el escenario. Tras meses de preparación física, técnica y mental, se encontraba de frente con aquella montaña alta e imponente, la que muchos montañistas anhelan subir y a la que otros muchos temen. El momento más
tenso fue cuando estaba a 7920 metros. Por decisión propia estaba sola, ya que el grupo se había adelantado, se sentía cansada y sabía que aún le quedaban cinco horas de trayecto para llegar al próximo
campamento a 8300 metros. Sin oxígeno suplementario, pero con una mentalidad fuerte y determinada llegó tras varias horas de camino. Cada paso venía acompañado de varios minutos de descanso.

Ana María Giraldo Gómez es una manizaleña quien desde pequeña mostró habilidad para los deportes. Practicó natación desde pequeña y, tiempo después, por un golpe de suerte le ofrecieron hacer parte de un grupo de montañistas que buscaba escalar las siete cumbres más altas del mundo (la montaña más alta de cada continente y la de los dos círculos polares). En 2002 llegó a su primera cima: el Monte Aconcagua, la montaña más alta de América, pasó por el Monte Elbrús, el pico más alto de Europa ubicado en la parte occidental de las montañas del Cáucaso. Dos años después, subió al Monte McKinley, ubicado en Alaska. En 2007, alcanzó su mayor hito deportivo al llegar a la cima más alta del mundo.

Para Ana María, la montaña es el lugar en el que más se conecta con ella misma. La describe como un espacio de aprendizajes increíbles. “Allá tú puedes mirar en perspectiva y te preguntas: ¿qué has hecho? Sin olvidar que la montaña, naturalmente, irrumpe en el paisaje; simbólicamente, te permite ver más lejos.También se da esa conexión con el otro, una amistad, un reconocimiento. Se camina con otros, se asciende en grupo”.

Actualmente, Ana María lidera un proyecto llamado Mujeres a la Cumbre, en el que se organizan expediciones a diferentes montañas y se brinda acompañamiento emocional y logístico. Hasta hoy, aproximadamente 70 de ellas han hecho parte del proyecto y han llegado a las cimas de diferentes montañas no solo en Colombia sino en Latinoamérica. “Es muy bonito porque uno ve como ellas descubren sus capacidades para lograr
cualquier cosa. Llegan con esa motivación de vencer los miedos, de aprender de otras mujeres y especialmente de regalarse a sí mismas un espacio de descanso y bienestar”, expresa. “Pensamiento, respiración y pasos” fue aquello que la ayudó a subir a la cima del mundo y es aquello que quiere enseñar a quienes guía en la subida.


El cuidado de un ambiente: la mujer que guarda


Su labor diaria comienza a las 7:00 a.m. Llega a la Área de Tratamiento Geotécnico (ATG) o también conocidas como Zonas de Estabilidad. Allí saluda a sus otras compañeras y se pone sus implementos para comenzar a trabajar. No solo su uniforme verde oscuro, que la distingue como una de las guardianas de la ladera, sino también sus gafas, casco, botas y dos pares de guantes que siempre debe llevar con ella; la acompañan en un nuevo día. Paula Andrea Gallego Bedoya lleva en este quehacer un poco más de 7 años.

Según un artículo publicado por la Universidad Nacional de Colombia, Guardianas de la Ladera, con la capacitación de madres cabeza de familia, ha posibilitado la generación de una cultura para desarrollar una convivencia responsable con su entorno.

Paula Andrea es una manizaleña de 38 años que desde siempre ha vivido en el barrio Zacatín. Se convirtió en madre por primera vez a los 17 cuando tuvo a su hija Mariana. Al cumplir los 18 comenzó a trabajar en el proyecto Guardianas de la Ladera, el cual busca apoyar a mujeres cabeza de hogar brindándoles trabajo y también apoyos psicológicos. Fue una guardiana un poco más de tres años. Se retiró cuando tuvo a su segundo hijo, Sergio.

El programa Guardianas de la Ladera funciona desde el 2003 con la participación de la Alcaldía de Manizales y Corpocaldas.Consiste en socializar e implementar acciones como la rocería, limpiar canales y muros de contención para proteger las laderas y las zonas urbanas cercanas. Hoy, la Alcaldía de Manizales trabaja en un proyecto de educación y sensibilización ambiental para las mujeres de Guardianas de la Ladera. “A mí todo me gusta de mi trabajo, es que yo amo este proyecto. Saber que estamos mitigando el riesgo y ayudando a salvar vidas. Cuando, por ejemplo, liberamos un canal de un deslizamiento que no dejaba fluir el agua se siente muy bien, muy gratificante”, menciona Paula, quien volvió a trabajar en Guardianas desde hace tres años. Para Paula Andrea no solo las montañas, sino la intervención que hacen allí ayuda a empoderar a las mujeres porque les da seguridad.

“Yo he visto como la mayoría llegan asustadas a Guardianas porque les temen principalmente a las alturas. Con el tiempo y la práctica lo hacen sin ningún miedo. Aquello que nos regala la montaña es saber que lo que nos proponemos somos capaces de lograrlo”. También narra que se da un empoderamiento colectivo, pues siempre están en grupo y siempre están dispuestas a ayudarse las unas a las otras. Se cuidan a sí mismas en la medida que intervienen y protegen a las montañas.

Claudia Elena Gómez Álvarez, psicóloga orientadora, responde que el empoderamiento es el mecanismo de afrontamiento que usan las mujeres por las desventajas estructurales de género tanto individual como colectivo y en situaciones donde se les ha quitado el poder socialmente.

¿Cómo considera que la montaña y las actividades que se pueden realizar en esta fortalecen dicho empoderamiento?
Se ha conocido que la montaña o la zona rural es un contexto donde el trabajo de la mujer es únicamente en la crianza y mantenimiento de la casa, esperando que quien aporte económicamente sea el hombre. Sin embargo, se ha visto que las mujeres han impulsado emprendimientos, actividades y prácticas que,
en primer lugar, les permite tomar el control sobre sí mismas sin necesitar la aprobación de nadie. Se ha cambiado la percepción de la montaña y ahora mismo, se trabaja como un medio de
crecimiento personal.


¿Qué otro beneficio puede traer realizar actividades en las montañas?


No solo se puede hablar de empoderamiento. A la par de esto, les concede el beneficio de reconocer su propio territorio, de hacer uso de los recursos que les brinda el entorno y les permite vivir en conexión con sigo mismas y con la naturaleza.

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