Mi Jesús un hogar de paso para el alma

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Texto y fotos por María Fernanda Arboleda Giraldo  

En un rincón tranquilo, entre calles estrechas y serenas de Manizales, se alza un modesto refugio que resguarda no solo cuerpos cansados, sino también historias entrelazadas por lazos invisibles de gratitud y solidaridad. Hogar de Paso: Mi Jesús, así se llama. Desde afuera, su apariencia modesta, vestido con una puerta enrejada, el jardín de la dueña y los ladridos de Campana, la perrita, acompañan la entrada.   

En el Hogar de Paso: Mi Jesús, los días transcurren con la delicadeza de un reloj de arena, marcando el paso del tiempo con suavidad y armonía. A las seis en punto, los adultos mayores comienzan su jornada: algunos se encaminan al baño con pasos lentos pero decididos, mientras otros reciben ayuda de sus compañeros. A las siete y media, el aroma del café y el pan tostado los reúne en torno a la mesa, donde comparten risas y anécdotas, historias de lo que fueron y lo que han amado de su vida. Así lo cuenta Guillermo Ramírez Jiménez, don Guillermo, como lo llaman sus compañeros, a sus 76 años, es una figura imponente en el hogar, con el estilo de un caballero de antaño, de estatura baja, envuelto en un chaleco elegante que complementa su porte, rematado con un sombrero negro y gafas oscuras que dan un aire misterioso.  

Guillermo, a pesar de tener hijos que le piden mudarse a Santa Marta, prefiere quedarse en el hogar, ya que sus quehaceres diarios son una fuente de felicidad inagotable. Sus días están llenos de actividad, desde motilar y peinar a sus compañeros hasta realizar presentaciones que arrancan sonrisas y aplausos. Durante el desayuno recuerda aquella memorable imitación del movimiento pélvico de Michael Jackson que triunfó en el Teatro Fundadores. Los lunes, su día libre, lo dedica a visitar a su hermana en Manizales, en San Sebastián. Aunque en Santa Marta aguarda también su esposa, Guillermo rechaza la idea de vivir allí, ya que el calor no le sienta bien para su salud. Su gratitud hacia el hogar es incalculable, afirma que no abandonara aquel lugar hasta que llegue su fin. 

Al mediodía, el almuerzo se convierte en un festín de sabores. Y con el sol en su cenit, la tarde se viste de charlas íntimas y reflexiones compartidas, mientras la fisioterapia y la psicología les ofrecen cuidado tanto físico como emocional.  

Historias de pasado, historias de antaño 

Durante la cena, cerca de las cinco de la tarde, María del Carmen Torres, a sus 67 años, comparte en una mesa cuadrada, mientras sus compañeros juegan parques, el dolor de una vida marcada por los desafíos y las pérdidas. Originaria de Manzanares, sus ojos expresivos guardan historias llenas de dolor, mientras su cabello blanco ondea al ritmo de sus recuerdos. El destino le dio cinco hijos, pero la vida se encargó de separarlos de ella de formas desgarradoras: tres de ellos perdidos en las sombras de la incertidumbre, uno arrebatado por la violencia sin sentido y otro tras las rejas de la cárcel. Solo le quedan tres adorables nietos como testigos silenciosos de su amor maternal. 

Víctima de la violencia intrafamiliar y atormentada por la muerte de uno de sus hijos, María buscó refugio en Manizales, primero en el barrio Fátima, donde enfrentó maltratos y humillaciones, hasta que el destino la condujo al Hogar de Paso, guiada por la mano amiga de una trabajadora compasiva. Cuenta que, durante 37 años, fue vendedora en Manizales, con una voz ronca que resonaba entre las calles del mercado. En su mirada aún brilla la esperanza de reencontrarse con aquellos que la vida le arrebato, anhela el día en que el vínculo familiar vuelva a tejerse con los hilos del perdón y la reconciliación. 

Entre las paredes de colores suaves y muebles sencillos, se respira una atmósfera impregnada de historias que se han ido tejiendo a lo largo de los años. Cada rincón guarda sus propios secretos, sus propias vivencias compartidas entre los residentes que han encontrado en este lugar un hogar. Un pequeño salón, que parece de clases y dos mesitas son el espacio común, allí comen, juegan y ven telenovelas en un pequeño televisor colgado en una de las paredes. Algunos van y vienen, otros leen, charlan, se vencen en partidas sin fin de dominó. En el segundo piso, algunas pican cebolla o lavan las verduras para el almuerzo o la cena.  

La tranquilidad, algunas veces sosa, en ocasiones se ve amenazada. Dos abuelitas protagonizaron un inesperado encuentro en el baño. Una, apurada por sus necesidades, empujó la puerta sin percatarse de la presencia de la otra, quien aún ajustaba sus calzones. El sonido de madera resonó al golpear una cabeza. “Boba”, le dice una a la otra, la victimaria responde el desafío con algo de rabia. La tensión finaliza cuando una de las trabajadoras del hogar intervino.  

El centro, la madre 

Y en el corazón de este hogar se encuentra María Nora Arias, una mujer cuya presencia transmite la bondad y la dedicación que ha guiado cada paso en la creación y mantenimiento de este santuario. Nora confiesa, con humildad, que no es ella quien labora incansablemente, sino que es la mano de Dios obrando a través de su esencia. Hace ya cuatro décadas, el eco de una prima resonó en su corazón, compartiendo las penurias de aquellos que acudían a citas médicas lejos de su hogar, y así empezó todo. 

Después de un tiempo, por la gracia del destino, una llamada del Hospital de Caldas marcó el inicio de un camino altruista. El relato se sumerge en la memoria de aquel primer abuelito, solitario y desamparado, cuyo destino se entrelazó con el del Hogar. Con el paso del tiempo, las filas de ancianos necesitados se multiplicaron, y con ellas, la resolución de Nora de ofrecerles un refugio digno y amoroso. Hoy, en los muros de este hogar, residen 70 almas ancianas, cada una tejida en historias de vida que han encontrado aquí un remanso de paz. Los hilos de la generosidad entrelazan los destinos de los 22 colaboradores del Hogar, benefactores y Administración municipal, en una sinfonía de solidaridad que sostiene este noble propósito en algunas ocasiones. Y, en su centro, a quien los adultos mayores llaman “madre”, un nombre que ella recibe con cariño y responsabilidad.  

En el Hogar cuentan con una enfermera, que vigila la salud, trabajadora social que mantiene activos a los integrantes de esta comunidad y grupos de apoyo que pasan de vez en cuando a hacer alguna actividad y compartir con ellos un rato. Todos quienes viven allí hacen parte del 14 % de la población total de Colombia que, dice el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), son adultos mayores. Para el 2070, serán el 32 %. 

Al salir, todos se despiden, algunos incluso hacen la señal de la cruz con sus manos y dicen, en un susurro, “que mi Dios los acompañe”. Se abre de nuevo la puerta enrejada ataviada por un gran candado y quedan a la espera de que alguien más regrese para escucharlos, para cuidarlos, para darles al amor que, en ocasiones, la vida les arrebató.

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