Texto por Silvana Alvarán Arenas y María Isabel Serna Martínez
Durante años, la Comuna Ciudadela del Norte de Manizales fue una frontera imaginaria. El límite que muchos preferían no cruzar. En los noventa y los dos mil, los reportes del Plan de Ordenamiento Territorial y del Observatorio de Seguridad y Convivencia la mencionaban entre las más afectadas por homicidios y microtráfico. Era la comuna de las cifras duras y los titulares fáciles. Pero detrás de esa fama hubo siempre gente que decidió quedarse, abrir la puerta y hacer que la vida tuviera otra voz.
Hoy, el norte ya no solo se mide en coordenadas. En tres kilómetros de recorrido de Solferino a Monteleón y de Monteleón a Villahermosa, el miedo va quedando atrás, como un rumor que ya no domina la historia.
0 km: Solferino, donde las esquinas también educan
En Solferino, el día arranca con el eco de los balones en la cancha, y las paredes marcadas de las calles aún guardan las huellas de quienes han decidido resignificar la historia de un barrio que conoció el miedo de cerca. Uno de ellos es Roy Alexander Coca, un joven de 26 años, profesional en Desarrollo Familiar, que ha dedicado años de su vida involucrándose en procesos sociales y comunitarios. Es bajito, de ropa urbana y mirada despierta. Hace aproximadamente cinco años se vinculó a la Fundación Huellas de Vida, una organización creada en 2006 que trabaja por la convivencia, la memoria y la transformación del Solferino con iniciativas culturales y educativas. Realizan cineforos con contenidos sociales, huertas urbanas, pintada de murales con niños, recorridos y talleres con psicólogos o estudiantes de artes escénicas.

“Ustedes ya van a encontrar que había todo un mensaje, una narrativa muy asentada de lo que era el barrio Solferino en todo Manizales: violencia, homicidios, microtráfico, expendio de drogas, las batidas, las batidas ilegales”, recuerda. Esa frase, que aún pronuncia con rabia contenida, resume el peso del estigma.
Mientras los muchachos en el andén corren tras la pelota, Roy confiesa que su infancia fue otra cancha. “Cada salida era una pelea nueva, o la continuación de la del día anterior. Si uno no hacía parte de ningún combo, lo forzaban o le tocaba quedarse encerrado”, cuenta. Perdió amigos, primos, vecinos. De ahí que, cuando habla de entrenar, no se refiere solo al fútbol: habla de entrenar la mente para no repetir la historia.
En los muros donde antes se pintaban fronteras, ahora se leen frases de paz. Según el Observatorio de Seguridad de Manizales, la comuna redujo en 33 % los homicidios y en 25 % los hurtos en los últimos años. Pero para Roy el cambio real no está en las estadísticas, sino en que los niños puedan jugar sin mirar por encima del hombro.
1.7 km: Monteleón, donde el bosque guarda memoria

A medida que se avanza hacia Monteleón, la ciudad se disuelve entre árboles. El pavimento da paso a la tierra húmeda y el aire huele a hojas recién cortadas. En medio del cerro aparece Jhon Wilder Castaño, guardabosque y líder ambiental. Lleva guantes de poda, unas botas enlodadas que se hunden en el camino y una calma que parece brotar del paisaje.
“En ese espacio limpiamos, hemos hecho recolección de residuos con las entidades correspondientes, ya que hay personas que habitan el lugar intentando construir sus cambuches o sus casas. Yo me especializo en recuperar espacios afectados por terceros”, explica mientras aparta una rama del camino.
Lo suyo comenzó como una obligación y se volvió propósito. Monteleón se extiende por 69,58 hectáreas y es considerado uno de los relictos de selva andina tropical más importante dentro del área urbana de Manizales. En los documentos de la Secretaría de Medio Ambiente de Manizales, aparece como zona prioritaria de recuperación ecológica. Lo que Jhon hace con sus manos, la ciudad lo traduce en política pública: conservar el cerro, mitigar el riesgo, sembrar conciencia.

Mucho más adentro, cuando el sendero se vuelve más angosto y el contacto humano se minimiza, Monteleón cambia para Jhon, al recibir un territorio casi intacto. Cascadas ocultas se desprenden de lo alto y solo se alcanzan tras largas caminatas. En esas profundidades habitan especies como el mono nocturno, el perro de monte, la taira, barranquillos y erizos. Animales que apenas dejan rastro, pero que con su paso confirman la vida allí. Según una investigación realizada por la Universidad de Caldas, en Manizales se han registrado 68 especies de mamíferos, representando el 12,52% reportado en el país.
Los visitantes que llegan a sus recorridos descubren otro norte. El de los miradores, las aves y las historias que se cruzan entre raíces. Entre la bruma, Monteleón respira lento y demuestra que la memoria también puede tener árboles.

3.4 km: Villahermosa, donde el color vence la costumbre del miedo
El camino final baja hacia Villahermosa, un barrio que parece pintado con la esperanza de quienes lo habitan. Las fachadas lucen verdes, fucsias, naranjas. Los pasillos huelen a café recién colado. Fue parte de la Ruta del Color, un proyecto para resignificar territorios antes estigmatizados.
Allí vive Inés La Torre con sus pulseras coloridas, cabello canoso y sonrisa amplia. Lidera el Centro Día del barrio, un espacio que brinda actividades que promueven un envejecimiento activo y digno. Más de treinta adultos mayores se reúnen tres veces por semana a jugar parqués, tejer o simplemente conversar. “Yo me la gocé —dice riendo—. Me siento muy satisfecha por eso”.
El barrio Villahermosa fue el primero de la comuna 5. Por años fue uno de los nombres que se evitaban. Ahora, los abuelos llegan puntuales al Centro Día con termos y pastillas en el bolso, y se van al atardecer riéndose como niños. Según la Alcaldía de Manizales, el 20% de la población corresponde a personas mayores en la ciudad, lo que refuerza la necesidad de crear iniciativas como esta en la que se promueve la integración social de esta población.

En las paredes, los murales coloridos pintan el gris del cemento. Según el Plan de Desarrollo de Manizales 2020–2023, el barrio fue priorizado en programas de convivencia y reconciliación. Pero para doña Inés los logros no se miden en papeles: “Uno no puede vivir toda la vida esperando que la violencia lo saque de la casa. Hay que pintar, bailar, hacer algo que lo mantenga vivo”.
En el norte de la ciudad cada barrio guarda una historia distinta, pero todas comparten una misma raíz. La de una comunidad que aprendió a trasformar el miedo en vida. Entre las calles que antes fueron fronteras, nacen árboles, colores y voces que se reconocen. Quienes han hecho de la comuna 5 un lugar donde la vida volvió a quedarse. Y aunque el viento aún trae ecos del pasado, aquí las huellas florecen. Cada rostro es la prueba de que la esperanza encontró su rumbo.
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