En la mañana del 10 de agosto, a las 7:34, tembló en Colombia. Un terremoto de magnitud de 7.4, con epicentro en San José del Palmar y una profundidad de 96 kilómetros sacudió los hogares del país.
Escrito por Mariana López
El voluntario abrazó a su familia, nunca creyó vivir algo tan espantoso a sus 21 años. Juan Andrés Gutiérrez no entendía lo que pasaba. Al revisar sus redes sociales, los titulares solo daban reportes de los daños en infraestructura de su ciudad, Pereira.
Aunque las comunicaciones eran complejas, logró contactar a su compañero, Santiago Cobos, para concretar en dónde se encontrarían y comenzar a ayudar a los damnificados que habría afectado el desastre.
Mientras pasaba los trancones, más notificaciones llegaban a su celular. Videos cortos revelaban un centro caído. En su hogar todo estaba estable, pero las historias en redes sociales arrojaban más y más daños que, hasta el momento, no daban cifras.
Las cifras posteriores
La evaluación “RAPIDA”, desarrollada por el PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo) y la UNGRD (Unidad de Gestión del Riesgo y Desastre) junto con entidades técnicas y de respuesta nacionales, permitió establecer un panorama preliminar de los daños ocasionados.
De acuerdo con los reportes oficiales consolidados, hasta el 27 de agosto, el terremoto dejó 331 personas fallecidas, 4.449 heridas y 143 desaparecidas, mientras que 364 fueron rescatadas. En total, más de 406.000 personas, agrupadas en cerca de 193.000 familias, resultaron afectadas por la emergencia. Además, se estima que más de 225.000 estructuras sufrieron algún tipo de afectación, entre ellas más de 217.000 viviendas.
Una labor desde cero

Cortesía de Santiago Cobos
La tarde del terremoto los chicos se reunieron con organizaciones sociales para comenzar a reunir datos de las familias, estructurar albergues y proponer lugares de recepción para las donaciones. Al día siguiente, el trabajo inició desde muy temprano.
“Empiezan a llegar muchísimos voluntarios. Posteriormente empezamos a registrar en grupos que creamos para poder tener contacto con ellos y empezar a construir la red de voluntarios a nivel regional para poder trabajar desde los barrios y las comunas”, agregó Gutiérrez.
Según las cuentas, en el grupo de WhatsApp, Santiago Cobos corroboró que 300 personas se unieron, en su mayoría, jóvenes entre los 19 a 30 años. Resaltó que las formas de voluntariado fueron distintas, en los campamentos estaban 247 chicos, aproximadamente, pero para temas de traslados siempre estaban a disposición adultos entre los 35 a 40 años para prestar su carro o moto.
Desde el segundo día, su aporte comenzó en centrarse en las ollas comunitarias. Con la comida que no daba abasto y la falta de estufas en los refugios, empezaron a sectorizar las fuerzas en esta misión, la cual, hasta estas semanas siguen liderando para llevar comida a quienes más lo necesitan.


Una olla, dos libras de arroz y una comunidad entera
Instituciones como Universidad de San Buenaventura, en Cali, Valle, documentaron al menos 10. En Quibdó, el SENA Regional del Chocó lideró una iniciativa para llegar a los barrios afectados.

“Actualmente nos encontramos en toda la preparación de alimentos. Diario se entregan 300 almuerzos y hacemos 1.000 sánduches para los desayunos. Eso es lo que estamos haciendo por ahora”, añadió Samira Mosquera, habitante de Quibdó, Chocó.
Este fue un departamento donde el 93% de su territorio sufrió daños. Samira Mosquera, de 21 años, estaba en un centro de acopio del restaurante donde trabaja como bar tender. Cuando les llegaban las ayudas, empezaban a armar los kits de aseo para los niños, separar la ropa y empaquetar todo.
Ella comenzó al segundo día del terremoto. Ante el llamado de ayuda de su tía, delegada de la fundación Las Tigresas, de la primera dama nacional, asistió esa mañana del martes posterior al cismo. Nunca había realizado acciones sociales hasta ese momento. “Fue muy chévere. Desde que tenga el espacio y el tiempo seguiré voluntariando”, narró Mosquera quien en la mañana trabajaba y en la tarde ayudaba.
Expresó que su familia está bien, pero el impacto emocional de ver a su comunidad en esas condiciones ha sido traumático y duro. El miedo y la angustia fueron dos emociones que prevalecieron durante la primera semana.
Sí, somos débiles, pero no somos generaciones de cristal. Considero que uno tiene esas ganas de ayudar y ese espíritu de luchar por conseguir algo”, comentó la chocoana.
La unión de la pala también hace la fuerza
En Manizales, Caldas, durante la semana del terremoto los jóvenes comenzaron a crear sus redes. Un grupo de WhatsApp llamado Voluntarios Manizales reunió 838 miembros para repartirse la información de los sectores, comunidades y situaciones que debían ser atendidas.
De allí surgieron nuevos grupos sectorizados como los escombreros. Isabela Valencia, con 21 años, quiso comenzar labores desde el segundo día. En un inicio prestó sus redes sociales como canal de difusión para la información oficial que le llegaba sobre los centros de acopio y albergues.
Al segundo día inició sus primeras obras de ayuda. Hizo recolectas y búsqueda de mascotas, pero, quiso dar un paso hacia adelante con una pala en las manos y decidió ser escombrera. Sus rutas estuvieron guiadas por los líderes de cada grupo, en el suyo recorrieron sectores como Plaza 51 y Campo Amor.
Paladas de esperanza

Cortesía Camilo Muñoz
Parte de su fuerza levantando escombros fue el hecho de sentirse con pocas herramientas emocionales para hablar con un damnificado: “Cuando se le muere un familiar hay más dolor. Las personas dicen ´mi más sentido pésame´, pero no lo sienten como uno. Es lo mismo, puedo ir allá y decirte que vas a ser súper fuerte, siento que no es justo”, concluye.
Siempre fue vista como una chica delicada y glamurosa, pero según ella nunca le asustó levantar un escombro, remover techos y su referencia fue decir “Yo soy muy parchada”. Se describe como alguien emocional: “Sí, yo siento que somos una generación de cristal. Eso no nos vuelve menos fuertes, yo creo que nos vuelve más, sin embargo, no fuertes en una fuerza física, sino en una fuerza emocional”.
Mientras paleaba nunca le faltó un agua o un pan, al secarse el sudor siempre le apareció una sonrisa por ver la solidaridad de la gente de cada sector afectado. Sus tiempos en los escombros duró dos semanas, por ahora se dedica a prestar labores sociales en temas de recolectas mientras continúa con su vida cotidiana.
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