El Brasil, un tesoro detenido en el tiempo

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“Es un lugar estancado en el tiempo, basta con ver las casas coloridas, la gente a caballo… Como si fuera el viejo oeste”, cita de Cristián Ordoñez Sánchez, profesor de la escuela El Brasil. |Foto: Anlly Hernández.

Texto y fotos por Anlly Hernández

El lomo de la mula se sacude con cada piedra del camino. La arena suelta dificulta el paso y obliga a avanzar despacio, como si la montaña pusiera a prueba al que intente llegar a El Brasil. Entre el volcán Cerro Bravo, lindando con el cauce del río Perrillo, se asoma una pequeña civilización de veintiún casas, donde la quietud amarra la vida de seis campesinos, que con valentía se aferran a una tierra prometida que se niega a desaparecer. Llegar se siente como encontrar un pueblo del viejo oeste perdido en el mapa o del mundo rural aún tan común en Colombia. Las casas conservan una milenaria construcción en tabla parada, la madera está teñida de pinceladas artísticas con flores, aves y la figura emblemática de la virgen dibujada en las paredes.

Donde el queso y la mula mantienen viva la memoria

El sonido de un motor se acerca. Es extraño, porque a esta tierra lejana llegaron los carros en diciembre del 2024, después de que la carretera no funcionara dos décadas. La antiquísima tradición del trueque se mantiene vigente en este lugar. Los jueves es el día de mayor movimiento en el corregimiento. Alrededor de las nueve de la mañana una camioneta de carga liviana se aproxima al caserío. Como si se tratara de una ceremonia, los habitantes de las fincas cercanas comienzan a llegar con sus familias a lomo de mula para hacer el mercado.

Dos niños montan bicicleta frente a la escuela rural de El Brasil, Tolima, con montañas de fondo.
En la escuela se escribe el futuro, pedaleando despacio en un rincón donde la niñez se cuenta con los dedos de la mano. |Foto: Anlly Hernández. 

Luis Ferney Muñoz Ocampo es hijo de El Brasil, aunque ya no vive allí, su corazón sigue presente ofreciendo un servicio de solidaridad con la comunidad. Junto a su esposa. Luz Adriana Rendón Arbeláez, llevan desde Manizales los productos que cada familia necesita. Doña Luz se acomoda en la placa conmemorativa de las víctimas del conflicto armado, justo a la entrada de la aldea. Allí, sobre el mármol que recuerda la violencia, extiende sus apuntes y comienza a revisar los pedidos: cerveza, papa, concentrado. El queso es la moneda de cambio. Cada libra cuesta siete mil pesos, y como todos los jueves, la camioneta llevará alrededor de doscientas libras.

– Sobraron dos yogures, melocotón y fresa. ¡Ale! ¿Va a dejar uno?

– ¡No! Ahí tengo todavía.

– ¡Ja! Yo creo que ya lo dejó vinagrar, jaja.

Don Luis se aproxima al vagón de la camioneta para descargar los bultos de maíz. Aunque hace quince años se fue del corregimiento, dice que la decisión de irse estuvo guiada por las oportunidades de trabajo que le brindó Manizales. “Ya es difícil volver, porque hice mi vida por fuera”, argumenta. Los jueves huelen a queso, boñiga y cerveza. Luego de su tradicional mercado se respira un ambiente de celebración, como si volviera a ser ese lugar poblado y próspero que alguna vez fue. En el esquema de ordenamiento territorial de la Alcaldía de Herveo, Tolima, se registró una población total de setenta y dos habitantes en El Brasil, para 2005. También la sede Escuela El Brasil tuvo quince estudiantes, lo que hoy se reduce a cuatro niños que reciben educación de básica primaria.

Momento del trueque en El Brasil, libras de queso empacadas en neveras, mulas de fondo esperando después del intercambio.
“El trueque es una de las formas más antiguas de comercializar productos. Se trata de un intercambio de bienes y servicios por otros objetos o servicios de igual valor. Esta es una estrategia de mercado donde la moneda no tiene cabida y reúne las tradiciones de nuestros ancestros” cita del sitio web Ayuda en Acción |Foto: Anlly Hernández.

Resistir para no desaparecer

Los pocos niños que hay se divierten en sus bicicletas en medio de la cancha de pasto. Esas risas le devuelven esperanza al lugar que poco a poco queda despoblado. Alrededor del campo hay una pequeña ciudadela abandonada con estación de policía, escuela, casa cural, iglesia y hospital. Sin embargo, la escuela es el único sitio que se ha podido recuperar en medio del abandono. A pesar de la desolación hay quienes se resisten a salir de su territorio. Luz Dary Sepúlveda ha vivido unos cincuenta años aquí y manifiesta no querer irse por la tranquilidad que respira. “No me gusta la ciudad porque todo es muy costoso, aquí no tengo que pagar arriendo”, afirma.

– Doña Luz Dary, ¿qué siente al ver este lugar tan despoblado?

“Uno se resigna. Qué más se va a hacer, toca seguir viviendo y luchando solo”, contesta.

Estas tierras le han dado todo, su esposo y sus dos hijos. Aunque ellos ya formaron su hogar y se fueron. Su esposo, Arístides Ortiz, trabaja desmatonando la maleza en los potreros y sembrando algunos alimentos como la papa y el fríjol. En su casa sobresale un colorido jardín de novios, y en medio, la silla de montar a caballo que siempre está lista mula. Mientras Luz Dary aviva el fogón de leña, recuerda cuando tuvo que irse un tiempo durante la época del conflicto armado en la región.

En la Revista Civismo de la Sociedad de Mejoras Públicas de Manizales, se menciona que los grupos armados ELN y las FARC tuvieron presencia aquí. Al mencionar estos nombres solo hay silencio. Aunque la memoria de María Salustina Sepúlveda Osa recuerda el miedo y la pérdida: “Más prejuicio nos causaron a nosotros el Ejército, nos tumbaban las cercas, se nos metieron a la iglesia, nos robaron”, confiesa.

La mecha que aviva la esperanza

Alrededor de las 5:30 de la tarde el sol cubre como un baño dorado las montañas. Las mulas cargadas esperan afuera de la cantina a su arriero. El olor a pólvora quemada comienza a salir de las canchas de tejo y un grito de celebración se escucha al hacer una mecha.

¡Vamos compañero! El que pierde paga las cervezas – se escucha.

Con un estilo profesional para tirar el tejo, Junior Ortiz Ospina enciende un cigarro y lo acomoda en sus labios como una técnica de concentración para el juego. Junior tiene 25 años y es oriundo de El Brasil. El sentido de pertenencia que siente por su tierra es un legado heredado por su padre. Sus motivaciones para quedarse en esta aldea son sencillas: “Cuando usted tiene algo que lo apega, nosotros tenemos la finca y nuestros papás lucharon mucho por ella, entonces uno no se puede ir y dejar todo tirado sabiendo que ellos se mataron construyendo algo para dejarnos a nosotros”, asegura. Entre risas y cervezas, la gente del corregimiento siente que, aunque el tiempo parezca haberse detenido, El Brasil late todavía, aferrado a la memoria de quienes se niegan a dejarlo morir.

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