Texto y fotos por María Camila Gómez
Hay muros que no se ven, pero aun así separan. Cercas altas, alambrados y rejas que se han normalizado hasta confundirse con el paisaje, moldeando la manera en que aprendemos a vivir en los espacios. La arquitectura hostil no siempre está dirigida a quienes viven en las calles; a veces se instala en nuestra propia cuadra.
Las rejas que dividen nuestros patios, las bancas con separadores, los muros que no invitan a sentarse sino a alejarse, se convierten en expresiones sutiles que nos limitan al convivir en un espacio común. Para Robert Rosenberg, estos objetos no pasaron desapercibidos. Los llamó “el diseño que disciplina”: objetos en espacios públicos que funcionan para disuadir ciertos comportamientos.
Este tipo de arquitectura, bajo el concepto de orden, determina quién habita, olvidando que hay un otro con el que podemos coexistir. Con el paso del tiempo, la construcción dejó de levantar puentes para conectar vidas y empezó a crear barreras.
Esto lo confirma un estudio sobre la relación entre la urbanización y la depresión en China, que en su búsqueda por comprender los cambios de nuestra sociedad encontró un resultado inquietante: la humanidad se comprime mientras los rascacielos crecen. La investigación halló una relación directa entre el crecimiento acelerado de las ciudades y el deterioro del bienestar de quienes viven en ellas.
Sin darnos cuenta, hemos aprendido a vivir con la hostilidad de las barreras, escondidos tras el miedo. Porque un día entendemos que no queremos más muros ni espinas, sino más flores y vida conjunta.
Quizá la arquitectura también sea una forma de hablar de hostilidad y separación. Y vivir, un acto de resistencia.
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en bares y posadas para evitar la ocupación no deseada. Sin embargo, el nombre se
popularizó en el siglo XX, cuando se hicieron más fuertes los intentos de controlar el espacio
público.



