Johan Salazar: un cuerpo moldeado por historias

Umcentral
Por
7 Min de lectura

Johan Fernando Salazar Solís, bronceado y aceitado está a punto de pisar la tarima. Pese a los retorcijones, no lo mueve el hambre del cuerpo, sino la del triunfo. Viste un bañador de apenas 8 centímetros del que se sostiene frágilmente con un alfiler una escarapela marcada con el número 55. El frío lo distrae, pero su mente encuentra calor en “El Lago de los Cisnes” de Piotr Ilich Chaikovski, que se concentra en sus audífonos negros y que lo transporta a las tardes de ballet, donde calmaba la ansiedad entre giros y el salto ligero del sauté en primera posición. 

Desde hace nueve meses madruga a las 4:30 a.m. Un desayuno mínimo que incluye: 1 huevo, dos tajadas de pan integral y en ocasiones algo de tomar. Abre un día marcado por su Excel donde controla cada caloría. Esa obsesión con el detalle, con la proporción, no le es extraña, ya que del ballet aprendió que la responsabilidad no se negocia, que el cuerpo puede ser llevado al extremo para lograr la afinación de una figura.  

El sacrificio detrás de un cuerpo tonificado 

El fisicoculturismo le exige tanto como la danza. En el ballet, la delgadez y la ligereza eran un requisito. Ahora en su club deportivo, la hipertrofia y la simetría son la norma. Ambos mundos comparten sacrificios: dietas estrictas, largas horas de ensayo, todo con el objetivo de conseguir un cuerpo moldeado hasta el límite. La literatura científica muestra que bailarines y atletas de alto rendimiento viven con riesgos de desórdenes alimenticios y lesiones crónicas. Johan lo sabe: “Los primeros dos días son horribles, porque es mucha cantidad de agua: te sientes cansado, con pesadez, con sueño… es muy terrible, incluso llegué a llorar”. 

El gimnasio se ha convertido en su nueva pasión. Allí mueve su cuerpo como en una coreografía: series cronometradas, repeticiones impecables, respiración medida. “En total son ocho poses reglamentarias, y dentro de ellas hay dos importantes, que son: pose de fantasía y vacío abdominal”, explica. Y, en efecto, la gracia que conserva de sus años de ballet marca la diferencia frente a otros competidores. No solo muestra músculo, muestra fluidez. Además, un estudio con universitarios de fitness halló que “todas las modalidades presentan un índice lesivo mayor o igual al 50 % de sus participantes, así como una predominancia de las lesiones sobre la articulación del hombro”. 

Un cuerpo que va más allá

Su vida no se resume en entrenar constantemente. Antes exploró la psicología, la ebanistería y artes escénicas; facetas que parecían ajenas entre sí, pero que hoy se cruzan en su forma de ser atleta. De la psicología aprendió a observarse y a leer su mente bajo presión; de la ebanistería, la paciencia para pulir detalles hasta que todo encaje; y de las artes escénicas, la gracia para transformar su cuerpo en cada una de sus presentaciones. 

Su entrenador, Mauricio Ocampo Correa, lo describe con admiración: “La humildad de Johan se nota a simple vista; es una persona muy noble”. Esa sencillez acompaña su disciplina, la cual es reflejada en la importancia que da a la estética, a las transiciones cuidadosas y a no limitarse a mostrar fuerza, sino a comunicar con el cuerpo. 

“Es un joven demasiado enfocado en el arte, eso le llevó a crear un cuerpo demasiado escultural”

Los demás también lo ven distinto. Un compañero de su casa universitaria, Jimmy Daniel Sánchez Arteaga, recuerda la primera vez que lo vio practicar: “Lo recuerdo como si fuera ayer, Johan realmente cuando yo lo conocí, varias personas nos sentimos muy halagadas por el cuerpo que él tenía, pero la primera vez que conversamos él no tenía muy claro si ingresar a un gimnasio, y esa fue la primera propuesta que nosotros le dimos”. Su novia, María Camila Cabrera Portillo, dice que lo que la sorprende no son los músculos, sino la comprensión con la que él la escucha todos los días a pesar del agotamiento: “Tenemos la misma meta, que es ganar el carné profesional. Aspiro a que nuestra relación se vuelva más sólida”. 

En cada preparación y en cada rutina, Johan a sus 23 años sabe juntar esas experiencias del pasado. No las abandonó, solo las transformó en piezas que hoy encajan en su vida de atleta. Cuando por fin sube a la tarima, Johan ya no gira sobre puntas, pero sí gira el cuerpo bajo los reflectores. El jurado lo examina con la misma exigencia con la que antes lo evaluaba su maestro de danza: equilibrio, proporción, armonía. Frente al público, cada contracción parece un paso ensayado, cada transición una coreografía invisible. 

El número no lo define, lo define su actitud

Su cuerpo brilla bajo las luces, el número 55 se ve pequeño frente a la imponencia de su físico, pero Johan no deja que lo defina. En su lugar, lo definen sus horas de disciplina, las tablas que alguna vez bailó, los detalles que aprendió a pulir en la madera, la mirada atenta de un entrenador que le permite ser, pero nunca dejar de perseverar. 

El público lo aplaude. Para muchos es solo otro competidor; para él, es el resultado de años de búsquedas, de caminos que parecían desconectados y que hoy confluyen en el mismo lugar. Horas después, con el sudor resbalando de su cuerpo y la medalla colgando de su cuello, Johan sale del escenario. Afuera, las conversaciones indistintas se diluyen. Aunque ya no tiene audífonos, sigue aún en su mente los restos de “El lago de los cines” y sonríe. Aquel bañador que posa en la categoría de Classic Physique, ahora es parte de su historia. El hambre de escenario, al menos por hoy, ha sido saciada. 

Texto y fotos por: Sara Nathaly Fajardo Quintero

Conoces historias similares en UMCENTRAL

Compartir este artículo