La historia de Gilma Parra tiende a sucederle a muchas mujeres en Colombia. Todo inicia cuando ella sale de su pueblo, Manzanares (Caldas), hacia Manizales en busca de trabajo. Su primer empleo fue en una casa de familia, donde el esposo de su jefa intentó abusar de ella, aunque logró escapar.
En su siguiente trabajo no tuvo la misma suerte: el hijo de sus jefes sí abusó de ella y, al enterarse, sus patrones la echaron. Tiempo después consiguió trabajo en una cafetería. Su jefe era una buena persona y le brindó techo y comida.
Con el tiempo comenzó a sentir un dolor fuerte en el estómago y, sin poder levantarse, fue trasladada al Hospital de Caldas. Allí le informaron que estaba embarazada y a punto de dar a luz. Salió del hospital con una bebé con desnutrición en brazos. Luego del parto, comenzó a trabajar como aseadora en otra casa de familia.
Un día, con su niña en brazos, se paró frente al Bienestar Familiar y decidió darla en adopción. Ella asegura que no estaba en sus cinco cabales cuando lo hizo. Esto ocurrió en 1979. Tras entregar a su hija, vivió mucho tiempo en inestabilidad emocional por aquella decisión.
Buscando una nueva vida, se fue a Puerto Boyacá, donde consiguió trabajo y conoció a su esposo. Con él tuvo tres hijos: dos niños y una niña. Sin embargo, siempre pensaba en la niña que había dado en adopción. El único que sabía de esta historia era su esposo. La culpa le generó un rechazo inconsciente hacia sus otros hijos, especialmente hacia el primero, pues constantemente imaginaba a la hija perdida y sentía que no era ella quien debía tener en brazos. Lamentablemente, su primer hijo murió en un accidente.
Treinta y cinco años después, en 2013, su hermana en Bogotá recibió una llamada del ICBF. Una joven desde Suecia quería contactar a Gilma. En 2014 ocurrió el primer contacto por Facebook, desde donde la joven le envió una carta. Ese mismo año se reencontraron en Bogotá, con la ayuda de una persona que tradujo la conversación.

