Texto y fotos por Maria Fernanda Coy
En Quilmes, Argentina, cada mañana el suave cantar de los pájaros anuncia un nuevo día. El momento en el que los primeros rayos de sol se cuelan por la ventana y la suave brisa mueve las hojas que chocan entre sí, es cuando los ojos de Angela Madonia de Goldoni, una mujer de 74 años, se abren para encontrarse con un lado de la cama vacío. Solitario. Antes, ese espacio estuvo ocupado por Renato Goldoni durante 46 años, él fue el amor de su vida. La casa se inunda del tic tac del reloj, acompañado de un estremecedor silencio. Un silencio estruendoso, frío y arrasador. Se dice hasta que la muerte los separe, pero ¿qué pasa luego de que los separa? ¿Qué es la vida después del amor?
Solo queda… amargura
La muerte puede sorprender sin previo aviso y recuerda que nadie tiene control completo sobre el futuro. Hace apenas dos años la repentina muerte de Alba Isabel Aguirre a causa de un tumor cerebral dejó en shock a Luis Arcesio Arango Granada, un manizaleño de 85 años quien dice que desde entonces es como si su vida se hubiera pausado. Como si parte de él se la hubiera llevado ella. Dado que la mayoría del tiempo del día lo pasaba con Isabel su partida lo alteró psicológicamente y por ello recurrió a la ayuda profesional. “A mí me visitan mucho los psicólogos, era casi diario que venían a verme y me ayudaron bastante porque si no, no habría podido”, confiesa Arcesio.
Sin hijos que lo acompañen, Luis, quien siempre viste con camisas de a cuadros y pantalones sueltos como acostumbraba cuando salía a diario y sin excepción con Alba, prefiere quedarse en su hogar en Villamaría y las excepciones son cuando decide comer por fuera. De vez en cuando, visita el parque cercano al que lleva su bastón y su guitarra en la espalda para tocar y dejar que pase el tiempo.
Sin embargo, la presencia de Isabel lo acompaña a donde sea que vaya. Él comenta que cuando está en casa la ve en todas partes. En la cocina, en la habitación y en la sala. El amor, la añoranza y la tristeza que Luis sigue teniendo no lo deja vivir en paz del todo. La amargura es lo que más está presente en su vida. Fueron 55 años los que compartieron uno junto al otro. Él, con un nudo en la garganta, dice: “Si pudiera volver a nacer, volvería a casarme con ella”.
La voluntad de Dios
Luz Marina Pombo Betancourt, una caleña de 68 años que vive en Manizales, conoció al amor de su vida cuando tenía 19 por azares del destino. Un simple tropiezo en un hospital marcó el inicio de la relación que perduró durante 43 años junto a Francisco Javier Fernando López Gutiérrez. Aunque en un inicio fue complicada y estuvo al borde de la separación, lograron superar sus diferencias cuando conocieron a Dios, quien se convirtió en su guía y centro. “Eso hizo que se afianzara más nuestra relación y por eso llegamos a vivir tantos años juntos”, afirma Luz.
Marina enfatiza que a lo largo de su vida, Francisco enfrentó varios problemas de salud, uno de los más graves fue un aneurisma. En un momento de impotencia y desesperación y al ver a su esposo luchando por su vida, Marina imploró: “”Señor, préstamelo otro rarito”. Como si de un milagro se tratara, su esposo se recuperó y Dios les concedió 40 años más juntos. Sin embargo, ella reconoce que ese tiempo fue prestado, ya que en 2022 Francisco murió. Para la familia fue un golpe duro, pero aunque el dolor superase a Luz, ella sostiene que él “ya estaba preparado con su maletica lista para el viaje que Dios tiene planeado para todos”.
Lo más doloroso es cuando ella está sola en casa y siente su ausencia. Cuando a la hora de dormir su lado de la cama está vacío, al levantarse no lo ve en su lugar habitual de oración. Recuerda esa sensación de cuando escuchaba la puerta y sabía que era él, un sonido que no volverá a ser. “Son cositas que uno espera ver, pero ya no las verá… nunca”, finaliza con la mirada perdida.
Hoy en día Luz Marina vive tranquila y dice que no se puede dar el lujo de ser egoísta porque sabe que él está bien, que era lo que su esposo quería y no duda que Dios lo acogió y que está ahora mismo con él, cuidándolos desde arriba.
El remedio para la soledad
La muerte se presenta como una sombra que acecha a la vida. Es un viaje que todos realizaremos, pero que por ello no deja de ser doloroso. Pompilio Binares Benavides tiene 95 años, es de estatura baja y por sus cabellos blancos parece sacado de un cuento. Nació en Yacopí, Cundinamarca, pero vivió toda su vida en La Victoria, Boyacá y es un hombre que durante dos años se preparó para la muerte de su compañera de vida, Elvira Álvarez, tras el diagnóstico de alzhéimer que invadió sus vidas.
Los días inevitablemente se tornaron agotadores, llenos de viajes para buscar tratamiento y enfrentar o huir de la realidad de una enfermedad que poco a poco iba consumiendo y acabando con Elvira. Estuvieron juntos durante 40 años y aunque nunca llegaron a casarse, Don Pompilio no duda al decir: “La amé y la acompañé hasta el último día en que Dios se la llevó”.
El fallecimiento de Elvira hace 10 años dejó a Pompilio en un vacío en el que únicamente se encontraba él. La soledad y ausencia que sentía no le permitía ni estar en su propia casa. Su manera de lidiar con el dolor y el desamparo fue permitiéndose viajar, tanto como podía, para escapar temporalmente de la pérdida. Cambió el desayuno con su esposa a las 7 de la mañana por la efímera incertidumbre de los horarios. No fue hasta que Juvenal Binares Álvarez, el mayor de sus seis hijos, lo ayudó a encontrar un equilibrio en medio del duelo. Hoy se refugia en el cariño y apoyo de su familia. Aunque la desaparición de Elvira sigue siendo una carga difícil de llevar, su rostro se marca con una sonrisa y encuentra un alivio a su soledad en aquellos que aún están con él.
Disfrutar de la vida
Durante 54 años, Juan José Coy Pachón y Nohemy María Pérez de Coy, ambos de Medellín Antioquia, compartieron casi toda una vida. Una historia de amor que cada día llenaba su hogar con una calidez palpable. Nohemy recuerda con una leve sonrisa cuando recién conoció a su esposo. Ella tenía 19 años y comenzó a recibir cartas casi mensuales de Juan, que se enamoró de ella a primera vista. Aunque ella nunca llegó a responder, aquellas palabras llenas de amor hacían que su corazón se acelerara. Cuatro años después se casaron, jurando amor para siempre.
Juntos tuvieron cuatro hijos, el tercero de ellos murió, lo que significó la etapa más dura de sus vidas. Una década después, Juan José falleció y su esposa, pese a lo mal, lo triste y lo sola que se sentía, reconoció que la pérdida de su hijo la había preparado para enfrentar la partida de su amado. Ella recuerda una conversación que tuvo días antes de que Juan José falleciera. “Me decía que no porque él muriera me fuera a encerrar, que siguiera disfrutando con la familia, que siguiera viviendo bueno, que viva lo mejor que pudiera”, recuerda Nohemy. Exactamente eso hizo. Se unió a un grupo de personas de la tercera edad en el que se realizan actividades de integración. Ella dice que le sirvió en su momento y que ahora gracias a sus antiguas y nuevas amistades puede disfrutar de sus últimos años de vida.
Afrontar el duelo es un proceso individual y personal, en el que cada uno vive a su propio ritmo y de manera única. Pero, según la psicóloga experta en duelo, Fanny Bernal Orozco, los adultos mayores consuelo en diversas actividades como pintar, leer, escribir, tejer o cocinar, pueden sobrellevarlo eficazmente. Estas actividades no solo ofrecen distracción y placer, sino que proporcionan un sentido de propósito y expresión emocional. Lo que puede ayudar significativamente en el proceso de sanación.

