Texto y fotos por Manuela Ocampo
El sol del mediodía cae sobre la comuna Tesorito, en el barrio La Enea. El olor a incienso y el murmullo de la gente hacen
parte de la celebración de la Semana Santa. Se inicia la primera estación del viacrucis, Stiven González Vásquez, un chico delgado, de 1,68 de estatura, ojos claros y con algo de barba es Jesús en esta jornada, pero en su día a día lo quiere ser siempre para ayudar a los pobres. Mientras la procesión avanza, pasa por su mente el día en que todo cambió.
Tenía dieciocho años cuando su vida dio un giro que aún hoy le cuesta explicar. En la pared de su habitación colgaba un Cristo que llevaba años allí, casi invisible de tanto verlo pasar, pero ese día algo fue distinto. Frente a esa imagen quieta y gastada, Stiven entendió que su vida no podía seguir así, antes de ese momento, cada fin de semana era una rumba nueva,
una conquista más y se rodeaba de malas compañías. En ese tiempo no había espacio para la reflexión ni el silencio.
Durante la procesión los niños sostienen a cada lado una cuerda para mantener la distancia con los actores. Stiven recuerda
cuando era pequeño y sentía una conexión con lo espiritual. Mientras otros niños jugaban a policías y ladrones, él prefería jugar en su cuarto a “dar la misa”, usaba una mesa como altar, una toalla blanca como mantel y repartía galletas para la comunión. Un día sintió que alguien tocó la puerta y una voz fuerte y gruesa le dijo: “Abre, soy Jesús”. Stiven miró por la ventana y vio una sombra negra, el niño de siete años quedó atónito.
“Fue tanto el miedo, que sentí que Dios me estaba diciendo que con eso no se jugaba y no lo volví a hacer”.
Entre Dios y una mujer
Es la cuarta estación y las personas sacan la sombrilla para cubrirse de la llovizna, Jesús lleva la cruz sobre los hombros, suenan las campanas. Un recuerdo llega a su mente “Cuando sonaban las campanas para anunciar la misa, mi corazón
latía como cuando tenía una cita con una mujer”. Ahí se dio cuenta que anhelaba ser sacerdote.
La procesión se detiene y toma otra vía, Stiven enlaza con el momento en que su vida tomó un giro inesperado. Cuando ya
se sentía seguro de consagrarse por completo a Dios, conoció a una mujer en medio de sus labores en la iglesia que cambió
el rumbo de todo. Se sintió dividido entre dos amores: el de la fe y el humano. Intentó aferrarse a su vocación, pero el cariño
creció y decidió renunciar a ser sacerdote.
Ella lo rechazó con la intención de no ser una piedra en su camino. Quiso regresar al seminario, pero las puertas no se abrieron. Esto lo obligó a mirarse de nuevo al espejo y preguntarse cuál era realmente su propósito. Tiempo después,
cuando al fin aceptó que su destino no era el sacerdocio, volvió a reencontrarse con aquella mujer, Brisa Higuita Patiño,
decidieron ver qué pasaba y hoy forman una familia con una bebé de cinco meses.
La sed de caridad
En medio de la procesión, Stiven se percata de las personas pobres que asisten al viacrucis, desde niño solía conmocionarse
con ellas, su 2025 trajo consigo un propósito: la Comunidad Antoniana del Servicio, dedicada a la ayuda al prójimo. Hoy se
centra en la construcción de una casa de paso para quienes necesiten. Brisa, más que su pareja, es su discípula,
lo apoya en su proyecto, sin embargo, a veces siente que está afectando a su familia, ya que las deja en un segundo plano por ayudar a otros. En casa, la caridad es un tema que nunca cesa.
“Él en muchas ocasiones coloca primero eso que a la familia, yo pienso que eso no puede ser, si tú le vas a ir a ayudar a alguien que no lo tiene, pues primero deberías ayudar también a tu casa”, dice Brisa con impotencia.
A veces se siente sola. Cuando necesita ayuda, Stiven está inmerso en su misión.
El hombre que se convirtió en Jesús
Sus compañeros vieron un parecido con un cuadro de Emaús de Jesús y le propusieron retratarlo en la Semana Santa, él se resistió, pero el siguiente año se vio forzado a aceptar el rol cuando el otro actor renunció. El primer año fue físicamente
“suavesón” pero el siguiente sería todo lo contrario ya que Stiven le pidió a Dios que le permitiera “sentir un poco lo que él sintió”. La petición fue respondida con creces. El Jueves Santo se arrastró en un recorrido interminable, con las manos peladas y con llanto casi todo el camino.
El viernes los azotes fueron tan brutales que sintió que perdía el aire y temblaba incontrolablemente. Admiraban su “actuación” sin saber que estaba sufriendo un dolor genuino, le pusieron la corona de espinas con las púas internas, la cruz se le hizo “horriblemente” pesada, se mareó y tuvo visión doble al punto de querer tirarla y renunciar. Su familia carga un peso invisible, al ser testigos impotentes de un sufrimiento. Sandra Vásquez Aristizábal, su mamá, estuvo en un conflicto entre su fe y su instinto materno. “Por qué le tienen que pegar de verdad si se trata de una dramatización”, dice con voz fuerte.

Las pérdidas que lo marcaron
El viacrucis está por terminar y a Stiven los últimos latigazos le cortan el aire, su cuerpo tiembla. La multitud se estremece,
algunos cierran los ojos y otros lloran. El penúltimo latigazo fue como cuando perdió a su papá a causa de una enfermedad, tenía trece años.
El último latigazo llega, y esta vez, la procesión parece detenerse por un instante, este le recuerda la pérdida más reciente,
a sus dieciséis años, cuando aún no alcanzaba a recuperarse de la ausencia de su padre, su mejor amigo, Julián, con quien compartía risas, la pasión por el futbol, confidencias, buenos y malos momentos, falleció en un accidente. “Esas dos perdidas tan seguidas para mi fueron el tope y las rumbas, las malas compañías y esa vida en descontrol era lo que me llenaba”, susurra Stiven.
La procesión está por finalizar, suben a Stiven a la cruz para crucificarlo, su cuerpo y espíritu parecen colapsar, su rostro, cubierto de sangre, ya no se reconoce, sus brazos parecen no aguantar más, sus piernas, tiemblan, pronuncia algunos quejidos antes de perder la noción por último, susurró a Dios “gracias por lo vivido”. En esta representación, el personaje de Jesús muere crucificado en la cruz, el viacrucis terminó.
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