El último amanecer en el parque de La Enea

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“Un lugar pertenece para siempre a quien más lo reclama, a quien lo recuerda con más obsesión, lo arranca de sí mismo, lo moldea, lo interpreta, lo ama tan radicalmente que lo recrea a su propia imagen” - Joan Didion - El álbum blanco| Foto: Mariana López

Texto y fotos por Mariana Ospina

Unos ojos café claros se abren. Lo primero que ven es un pequeño pajarito de colores vibrantes que toca su ventana con un pico amarillo. Sonríe; sabe que la naturaleza la está saludando.
Da tres pasos hacia la ventana para escuchar más de cerca los cantos con los que lleva despertándose desde que tiene seis años. Sin embargo, la melodía se interrumpe por un estruendo de taladros sobre asfalto seco.

Cae una lágrima sobre sus mejillas rosadas. Ana María Zapata acepta que sus mañanas ya no comenzarán con la misma calma de antes. Su rutina ha cambiado, al igual que la del parque que la vio crecer.

Su césped guarda las huellas de patitas silvestres y de generaciones que convivieron con el entorno natural que se encuentra entre la avenida Cumanday de Manizales, Caldas. Bajo el velo de 115 árboles, se cobijan especies migratorias y nativas que se imponen sobre el cemento de la urbanización de la ciudad.

¿Eso es un sujeto?

El parque de La Enea siempre fue un hábitat de costumbres. A las 6:00 a.m. los pájaros despertaban los ánimos de los habitantes. Entre las 10:00 y las 11:00 acogía a los niños del jardín infantil que estaba ubicado al frente.

Como las ardillas andinas que saltaban de un árbol a otro, salían los pequeños al parque. Miguel Ángel Betancur era uno de ellos. Hoy, a los 11 años, recuerda que sus momentos más felices eran cuando jugaba con sus amigos.

Después del mediodía solo quedaban las cigarras cantándole al sol y una que otra zarigüeya haciendo sus repentinas apariciones. Entre las ramas de “la flor de la princesa” siempre estaban estos pequeños roedores comiendo plátano mientras el cielo cambiaba de colores.

A su lado, una silla de cemento que por 44 años ocupó Luz Marina Rendón, quien en su juventud sacaba a sus tres hijos a jugar con la tierra que considera propiedad de las zarigüeyas.

Con rayos plateados sobre sus cabellos, líneas que enmarcan su experiencia y un ánimo de cuidar a toda la comunidad, Luz Marina solo sale en momentos inesperados, cuando sabe que debe proteger lo que considera su identidad.

“Es toda una vida unida al barrio”, explica con voz baja, exhausta de dar coletazos contra las ideas que cree perjudiciales para su territorio.

Entre las 4:00 y las 5:00 p.m. salían a tardear los habitantes. El pájaro carpintero siempre acompañó con sus martilleos constantes en las araucarias. Mientras tanto, Jeni Calderón se recostaba sobre el pino para procesar todo lo que se venía por delante:

“El parque de pronto requería mantenimiento en los columpios de los niños, pero no tocar la biodiversidad del parque en sí”.

Su desacuerdo era firme. Sus pequeños ojos y ceño fruncido se perdían con el horizonte. La araucaria con la que se sostenía era donde soltaba su frustración. Nombrar las especies del parque le emociona; por eso mueve su rostro con tal fuerza que sus aretes de mandalas coloridas comienzan con un vaivén, como si fuesen a echar vuelo.

Oiga, ¿de qué rutina me habla?

El carpintero echó vuelo. Los aretes de Jeni Calderón cayeron al piso. Fue demasiada la conmoción.

Se oscureció. Son las 10:00 p.m. y los zorros migratorios llegaron de paso para descansar de su recorrido. Llegó el día: un 7 de octubre, en horas de la noche, y las hojas ya no crearon sombras. Esta vez fue la poli sombra, esa que con verde menta dio por hecho el comienzo de una nueva obra.

Un proyecto que comenzó con discusiones y que le dijo al parque que ya era hora de ponerle pintura.

Marisol Laserna, directora de interventoría de la obra, narró que para el proyecto no se tiene planteado el desplazamiento de las especies. Afirmó que se conservará el 60% de zonas verdes y que durante el cambio de rutina se cuidará al “sujeto”.

Existen discusiones en la zona frente al tema. Sin embargo, el estudio Una revisión sobre los factores paisajísticos para la mejora del rendimiento de la biodiversidad en los parques urbanos, realizado en Hong Kong, revela que hay una comprensión limitada de cómo características específicas del paisaje contribuyen a los resultados de biodiversidad.

Los resultados del estudio muestran que no hay datos suficientes sobre el tema y que, por ello, a los profesionales se les dificulta aplicar principios de diseño coherentes para estas zonas.

La pala inofensiva

El parque es un sujeto que acoge a 115 árboles, según la Alcaldía de Manizales, aunque un inventario que realizó Luz Marina Rendón —matrona de la comunidad y licenciada en biología— afirma que son 100.

De ellos, el 16% son nativos de la ciudad, el 4% de Colombia y un 80% son exóticos.

Sobre ellos, siempre volaba un aguilillo. Sus alas negras pintaron el cielo y observaron todos los cambios en su parque.

Según un estudio realizado en Melbourne, Australia, la gestión de la vegetación que asegure la presencia de sotobosque y una mayor diversidad de plantas nativas es necesaria para mejorar la conservación de la biodiversidad de la fauna en los espacios verdes urbanos.

Con 10.400 metros de vegetación, el parque es un sitio de conectividad ambiental. Así lo asegura Sebastián Bustamante, biólogo con maestría en ecología y evolución de la biodiversidad.

Añade que representa un espacio donde las especies que migran en la ciudad, de un bosque andino a otro, descansan y lo usan como un lugar seguro de paso.

“El bienestar hace parte del progreso. Yo no estoy en contra del progreso, porque también puede ir acompañado de estructura verde, de otras alternativas que no sean tan dañinas para la biodiversidad”, argumenta.

Además, explica que el espacio verde depende de cadenas ecosistémicas que no deben ser interrumpidas con cambios fuertes.

El estudio realizado en Hong Kong sostiene que los parques urbanos tienen un uso de suelos representativo para sus especies. Por ello, estos espacios cuentan con riqueza biodiversa y funcionan como oasis dentro del ecosistema urbano.

Zarigüeya en un árbol
Ilustración por María Camila Gómez.

Pero, ¿si tiene derechos ese sujeto?

En Colombia, la ley considera como sujeto de derecho a personas naturales o jurídicas con responsabilidades, obligaciones y derechos para actuar.

Sin embargo, como lo sostiene Phillipe Alexandre Maya Restrepo, abogado:

“Hay otra categoría que ha habido en los recientes pronunciamientos de la Corte Constitucional y es el reconocimiento a sujetos de derechos de especies no humanas”.

El concepto jurídico La naturaleza como sujeto de derechos plantea que el Estado debe ser guardián de la diversidad e integridad del ambiente, además de conservar las áreas de vital importancia.

Añade que no debe salvaguardarse por la productividad que represente, sino por tratarse de una entidad viviente compuesta por otras formas de vida que la convierten en sujeto de derechos.

Un nuevo ciclo

El viento retumba. La avenida sigue su curso habitual. El árbol “la flor de la princesa” recubre el paradero con sus flores moradas debido a la humedad.

Parece que fuese nostalgia, aunque el ambiente del parque cambia cuando los pájaros y el aguilillo vuelven a cantar.

Los habitantes siguen pasando por la acera; la vida continúa.

Luz Marina Rendón guarda las blusas con estampados de zarigüeya en su bolso colorido y les dice a sus hijitos del colectivo:

“Recuerden que mañana hay canelazo frente al parque para protestar. Los espero.”

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