La sastrería de los hilos invisibles

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Texto e ilustración Juliana Marín

“Nosotros hicimos un proyecto para evitar los desastres del mundo”, dice Sheir Sahad Alzahad (un nombre por el que quiere que lo reconozcan, aunque no sea el que figura en su cédula— que nadie conoce) mientras toma un sorbo de tinto bien oscuro y escribe sobre el periódico La Patria. Con un lápiz tacha titulares y anota ideas, las letras impresas se mezclan con las suyas, como si intentará reescribir el mundo, desde su pequeña sastrería.

Sheir nació en Medellín hace 72 años, pero hace 16 vive en el barrio La Enea. Tiene cuatro hijos: dos mujeres y dos hombres, con quienes no suele verse. “Dicen que soy raro, pero yo amo la soledad”, lo menciona con una media sonrisa, sin levantar la mirada de su escritorio. En cambio, recibe a sus vecinos que le llevan pantalones para ajustar o camisas para remendar. Su cabello blanco brilla bajo la luz amarilla del bombillo, su piel morena y sus manos marcadas por años de costura dicen más que sus palabras.

Entre los dientes sostiene un palillo que pasa de un lado a otro, como si jugara con él. Mientras escribe, habla solo, se responde, se interrumpe. Su voz cambia constantemente de tono, como si alguien más estuviese en su interior. Entre charla y charla, Alzahad recuerda los años en que no se quedaba en ninguna ciudad.

“Yo ya estoy muy viejo, ya no puedo viajar”, dice, mientras mira sus manos.
“Pero antes sí, antes yo me iba por todo el país dando clases de sastrería. En los pueblos armábamos el taller con lo que hubiera, y así enseñábamos. Con eso recaudábamos algo de plata para seguir el camino.”

Habla de esos años como si los hubiera cosido uno a uno, hilo por hilo, hasta llegar a este cuarto donde ahora une retazos en silencio.

El sastre se autodefine como un filósofo minimalista, un sabio. Vive(n) y trabaja(n) en una casa de La Enea y habla en plural, porque asegura tener múltiples personalidades.

La sastrería de Alzahad es un cuarto angosto, de techo bajo y olor a tinto recién hecho. A simple vista parece un taller común, pero cada rincón guarda un fragmento de su historia. En la parte superior del local, un cartel escrito a mano, que enuncia la palabra: sastrería. A un costado, una tabla sostiene una hoja impresa llena de tachones y correcciones, con los servicios que ofrece: conferencias, sastrería, modistería, inglés básico, consultoría del tarot y soluciones.

Debajo, una frase resalta en letras mayúsculas:
“Cualquiera que sea el ganador, el pueblo siempre será el perdedor.”
Firmado: Alzahad.

Ese pensamiento, escrito con tinta negra, resume gran parte de su visión del mundo, desconfiar de los sistemas, de las “academias” y de los hombres que gobiernan a otros hombres.

ingeniero en la Enea
Al sastre de La Enea no le gustan las fotos, prefiere, siempre, estar en el anonimato

Entre hilos finos y juegos de espejos

Según el psicólogo clínico Gustavo Ortiz Caicedo, especialista en terapia cognitiva, “la identidad no es una estructura fija, sino un tejido en movimiento, hecho de pulsiones, recuerdos y mecanismos de defensa”. Explica que, en el Trastorno de Identidad Disociativo, antes conocido como personalidad múltiple, cada personalidad actúa como un guardián de una emoción o un recuerdo que el individuo no puede procesar por completo.

Sin embargo, aclara que no siempre se trata de una patología: “A veces esas voces son solo distintas formas de pensarse, partes que el sujeto reconoce para darle sentido a su historia”.

En el sastre, esas voces parecen convivir con naturalidad. No hablan de un trauma, sino de una forma de entender el mundo a través de diferentes hilos que parece tejer con su imaginación y su sapiencia: el del ingeniero, el filósofo, el sastre o el economista.

Para el sastre, el conocimiento no se obtiene por títulos, no estudió en ninguna universidad.

“Lo que uno aprende, lo aprende de la vida.”

Su “academia” no es una institución ni una oficina: es la misma mesa donde cose. Allí devora libros, los subraya, los dobla y escribe sobre ellos como si dialogara con sus autores.

A su alrededor hay tubos de PVC y libros que se mezclan con retazos de tela. Su pensamiento es simple y radical:

“La humanidad necesita menos.”

Si tiene techo, cama y comida, ya tiene lo necesario. Siguiendo con esta ideología, hace cuarenta años renunció a las relaciones sexuales, convencido de que “el amor no se hace, el amor se siente”.

El primer hilo: su refugio

En 2010, las fuertes lluvias provocaron varios derrumbes en Manizales. Aquello inspiró a Sheir a diseñar un proyecto para evitar desastres naturales “puede venir el terremoto que sea y esa estructura nunca se va a ir al suelo”. Lo hizo desde su sastrería, entre agujas, remiendos y prendas de vestir que no son suyas.

En lugar de hacer planos convencionales, trazó sus ideas en hojas sueltas, que luego enrolló y guardó “para que no se arruguen”. Afirma haber creado “ingenierías inéditas” para enfrentar derrumbes, inundaciones e incluso incendios sin agua, escritos que ha llevado a alcaldías y gobernaciones sin recibir respuesta:

“Llevamos 15 años en estas.”

En el mundo ya existen experimentos similares. Ingenieros y científicos han desarrollado sistemas de supresión de fuego sin agua, que utilizan gases o incluso ondas sonoras para sofocar llamas sin dañarlas con líquido.

Mientras los que él llama “terrícolas” experimentan con tecnologías, el sastre sigue convencido de que la verdadera solución no está en los laboratorios, sino en la mente humana.

Lo dice mientras corre una cortina blanca que esconde su cama: una colchoneta roja doblada, y a su esquina una estufa pequeña que sostiene una cafetera con el tinto caliente durante todo el día.

Puntadas de identidad

Luisa María Pinilla, vecina de Sheir, menciona que “él es muy raro, la verdad. Casi no habla con nadie. Uno le pregunta algo y responde con una frase cortica o se queda callado. Es buena gente, pero muy distante. Uno siempre lo ve escribiendo o a veces hablando solo, como si estuviera con alguien ahí en la sastrería, pero no”.

Entre las telas y los periódicos de su escritorio también hay un pequeño mazo de cartas gastadas. Sus bordes amarillos y las esquinas dobladas delatan los años. Las usa para leer el tarot, otra de las tantas personalidades que dice tener.

“Nosotros vemos lo que otros no”, el sastre lo cuenta mientras pasa los dedos por el borde áspero de una carta.

Lo que para él son personalidades distintas, para el sociólogo George H. Mead podría entenderse como la coexistencia de varios ‘yoes’ que se forman en diálogo con el mundo:

“partes de este ser que se reflejan unas en otras.”

Cuando la noche llega, Sheir ordena su mesa. Apila los periódicos tachados y guarda los libros abiertos. Todo vuelve al silencio en la sastrería. Dice que la soledad no le pesa, que dentro de él siempre hay compañía.

Tal vez no necesita más, porque en su mundo todo cabe en una idea o una aguja. Es como si cada personalidad formara parte de un mismo traje: el suyo.

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