EL RETRATO DE UN MÚSICO CALLEJERO

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El retrato de un músico callejero

Texto y fotos por: Fernanda López

Entre todo el ruido que circula por el centro de la ciudad, que viene de vendedores ambulantes, personas comprando, vehículos transitando…, hay algo que altera ese ecosistema sonoro: una viola. Una viola que interpreta boleros, música colombiana, música de los años 60 y 80 y que viaja por diversas partes de la carrera 23. El músico que toca sus cuerdas es Cristian David Hidalgo, un joven de 29 años, de un poco más de 1,50 metros, de cabello castaño oscuro y cuya risa se escucha a cuadras de distancia.

El recorrido que hace Cristian David empieza en la carrera 23 con calle 25, en el Centro Comercial Hera, conocido popularmente como el Sahara. Allí, encartado con el estuche de la viola y un maletín entra y se dirige al fondo, a un restaurante, El rincón de la 23 donde ingresa e interpreta Sombras de Andrés Cepeda. Luego, pasa por las mesas de las personas que están almorzando, saluda y mira de reojo a ver si alguien le puso cuidado y, tal vez, le da un par de monedas. Algunos siguen comiendo, indiferentes. Otros le dan dinero, a lo que él agradece y se dispone a continuar el trayecto.

Cuando Cristian nació, él y su familia tuvieron que enfrentarse a un diagnóstico que no se esperaban: trastorno del espectro autista (TEA) que, según la Liga Colombiana de Autismo, es un trastorno del neurodesarrollo que acompaña a la persona durante toda su vida. El TEA afecta tres aspectos: la comunicación, la interacción social y los intereses. Adicionalmente, Cristian llegó al mundo con cataratas congénitas, que produce opacidad en el cristalino del ojo y así mismo genera pérdida parcial o total de la visión, por lo que, en realidad, solo ve bultos.

En la siguiente parada, la panadería San Jorge, del mismo centro comercial, se repite la historia, solo que Cristian toca desde afuera del local y luego entra a saludar y a pasar por las mesas en busca de alguien que apoye su arte.

La madre de Cristian murió cuando estaba pequeño y por ello se crió con su padre y con su abuela a quienes recuerda con afecto. Por su condición, pensaban que él no podía estudiar. Sin embargo, su tía Sonia y su abuela le enseñaban oraciones y se dieron cuenta de que sí tenía memoria, por lo que lo entraron al jardín y luego pasó por otros dos colegios. En dichas instituciones sus compañeros y docentes lo maltrataban y no sabían enseñarle de acuerdo a sus necesidades.

Cansado de esta situación ingresó al Colegio Ateneo Caldas. “Había pelados malucos, pero me enseñaron cómo era la vida”, comenta Cristian, al recordar que sus compañeros le enseñaron a defenderse y que no se tenía que dejar de nadie. Pasado un tiempo, se empezó a sentir aburrido porque quería estudiar también entre semana y decidió ir al Instituto Latinoamericano, sin saber que ahí encontraría lo que él llama “un propósito de vida”.

Aunque le tocó empezar de cero, logró graduarse a los 23 años, en 2017, lo hizo con honores y con la oportunidad de abrir la ceremonia tocando su viola. En el Instituto se dio cuenta que quería aprender a tocar un instrumento. A los 19 años y a tres cuadras de donde estudiaba encontró su segundo hogar, la Fundación Batuta.

Continua el recorrido, sigue hacia Frisby, en la calle 23. Se repite la historia. Toca una canción y espera que las personas que vayan pasando, se decidan a darle dinero. Al finalizar, una señora se le acerca, le da $2.000 y le pregunta que si puede darle clases de violín a su sobrino. “Claro”, contesta, le aclara que él en ese momento estaba tocando viola, pero que también sabe violín y le da su número de celular. Se le escapa una sonrisa tímida y sigue a la última parada.

Fundación Batuta

En el 2013, Cristian entró a la Fundación Batuta de Caldas con el apoyo económico de la Fundación Luker. Su propósito inicial era tocar violín, pero como no había cupos en esa área, se decidió por la viola. Allí recibió y sigue recibiendo formación académica, musical y actualmente se encuentra en la orquesta juvenil.

En ese entonces, su profesora, Diana Marcela Bedoya, asumió el reto de enseñarle. Aunque no podía aprenderse el pentagrama como los demás estudiantes por sus problemas de visión, la profesora le decía en qué posición de las cuerdas poner sus dedos y todas las canciones se las aprendía nota por nota. Según él, así fue “construyendo un repertorio musical en su cabeza”.

Hoy, diez años después, sigue más fiel que nunca a esta fundación que lo acogió. Por las tardes va a ensayar con la orquesta en la sede de la comuna La Fuente. Lo que por las mañanas es un colegio que recibe niños de preescolar, a las 3 de la tarde se convierte en un espacio musical en el que Cristian, sentado en una silla de plástico, entre varios jóvenes, se destaca por no tener el atril donde se ponen las partituras y por tener el tapabocas puesto, pues aún lo sigue usando para cuidar su salud.

“Él incluso va a la orquesta representativa de Batuta, que son niños que han desarrollado habilidades musicales altas. Ha participado de talleres que han hecho talleristas que vienen del exterior. Él es muy participativo y le gusta mucho”, asegura Diana Marcela Araujo, encargada del área social de la Fundación Batuta.

En eso coincide el director de la orquesta juvenil, Carlos Eduardo Díaz, quien fue compañero de Cristian y luego se convirtió en su profesor: “Es una persona que siempre quiere preguntar, que siempre quiere meter la cucharada. Uno hace una pregunta y él es el primero que levanta la mano y siempre quiere participar”.

Proyección

Cuando Cristian estaba pequeño tuvo un accidente y los dedos de sus manos quedaron un poco torcidos, por lo que se le dificulta aprender braille. No obstante, está en clases con una profesora de viola de Cali. Su deseo es ingresar a Música en la Universidad de Caldas. Ha tocado en fiestas de 15 años o baby showers y en la actual Alcaldía en representación de la Oficina de la Discapacidad. Se define como un hombre al que las discapacidades antes de perjudicarlo lo han fortalecido.

“Mi meta, antes de ponerme a trabajar del todo, dejar las calles, es que la gente me recuerde, me lleven en el corazón y miren lo importante que es llevar a sus hijos a un concierto de música clásica, a una orquesta… Entonces, lo que estoy haciendo es atraer la gente a la cultura como lo hacían antes”, comenta con sus ojos llenos de esperanza y con la convicción de que podrá seguir luchando por su sueño de ser un músico profesional.

Mientras camina las dos cuadras y media que faltan para llegar al último punto del recorrido comenta que “esto es lo que le falta a Manizales: cultura ciudadana” al ver que a veces es difícil pasar las calles. Llega a Mundo Mágico, en la calle 20. De un restaurante que hay al lado saca una silla plegable y un cartel en el que hay una foto de él y su número de celular y procede a acomodarse para seguir cambiando el paisaje sonoro de la carrera 23. Mientras se acomoda, saluda a los vendedores ambulantes, quienes le corresponden y se ríen con él. Ahí pasará las próximas horas, hasta que anochezca o dependiendo del día, hasta que sea hora de irse a su ensayo en la Fundación Batuta.

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