Por María José Montero
La Violeta se siente cálida desde que uno llega. Las casas están adornadas con materas llenas de flores que se asoman en ventanas, cercas y balcones, como si cada color fuera parte de una herencia que quisiera quedarse un poco más entre las montañas. Los pétalos pequeños y silvestres de la que le dio nombre al lugar, la violeta, se camuflan con sus tonos morados, blancos o azules, como el cielo azul que suele abrirse en una tarde soleada.
En medio del paisaje se cuela el olor a café recién tostado que parece moverse como guía de la vereda, entre la escuela, el CAI, la tienda donde siempre hay conversación y dos cafeterías donde el tiempo parece quedarse entre tazas.
Ese olor no es casual. En Caldas, más de 32 mil familias viven del café, según la Federación Nacional de Cafeteros, y muchas de ellas están en montañas como estas. Sin embargo, entre los cambios del campo y el relevo generacional, el grano ha ido transformando su lugar en la vida diaria. En La Violeta, el café se nombra, se cultiva y se vive.
La casa de las puertas abiertas
—¿Le ofrezco una limonadita? ¿O prefiere un tintico? —me dijo ella desde la puerta, porque estaba esperando mi llegada.
—Amandita, una limonadita, por fa —le respondí. Esperé en un sillón colorido, como toda la casa.
El vaso sudaba en mis manos porque la loma para llegar a la finca es empinada. El viento movía las hojas de los platanales y el eco de algún gallo tardío se colaba entre las casas. La conversación empezó hablando del calor, el camino destapado y lo mucho que ha cambiado todo.
María Amanda García Giraldo, Amandita para quienes llegan a su casa, carga 72 primaveras en la mirada y una memoria que crece al ritmo de los cafetales que rodean la finca. Nació en el Alto del Naranjo, una vereda donde casi todas las casas eran familia. Es pequeña y menuda, habla con tono suave y lleva el cabello corto.
“Cuando era joven me confundían con una gitana por tener cabellera larga. Cuando cumplí los 50 prometí hacerme motilar, es un capricho mío”, recuerda Amanda, y al decirlo suelta una carcajada.
El encantador Castillo
A una altura de 1.443 pies se encuentra “El Castillo”, como Amanda llama a la finca que, según dice, sus padres levantaron con fe y café. Antes de ser el oasis de calma que es hoy, era una selva cerrada de nogales y arbolocos.
“Mi mamá recibió esto siendo una jungla completa”, dice ella. Por un momento el paisaje cambia: ya no veo la casa pintada, sino a su madre, una mujer que vivió cien años y tres meses, luchando contra la maleza. Entonces no había máquinas: el café se procesaba a pulso, con pilón y batea.
Amanda guarda ese legado en el café Arábigo que cultiva hoy, una “perla roja” que sabe a la resistencia de los Giraldo. No es menor: Caldas es uno de los departamentos con mayor tradición cafetera del país, con más de 70 mil hectáreas cultivadas, según datos del Comité de Cafeteros. “Saber de dónde venimos para saber quiénes somos”, susurra.
—Venga, acompáñeme —me dijo Amandita, señalando un sendero—. Vamos allí abajo, al plancito, donde era la casa de mis abuelos.
La casa de los abuelos
Caminamos hacia donde el terreno se nivela, a unos cinco minutos de su casa. Mientras avanzamos, Amanda me cuenta que sus abuelos, Luis Giraldo y Esther Arias, fueron de los primeros en desafiar esta manigua hacia 1920. Esther traía sangre española, pero el impulso de la colonización la trajo hasta estas montañas donde, en 1923, ayudaron a fundar La Violeta.
Ese origen no solo vive en su memoria. Parte de esta historia también quedó registrada en Relatos de Café Violeta, una revista elaborada por estudiantes de Trabajo Social de la Universidad de Caldas tras un proceso de recolección de memoria en la vereda. Allí se cuenta que, justo en ese punto del camino, los arrieros solían soltar la carga para recuperar fuerzas antes de continuar hacia Manizales.
—Venga, bajemos hasta la tienda —me dijo ella, señalando el camino que serpentea montaña abajo.
El hotel de los arrieros
A unos ocho minutos del plancito, la casa de la tienda aparece como un gigante de bahareque y guadua que se niega a ceder ante el tiempo. Es una estructura de cinco habitaciones y puertas centradas, Los registros del estudio Arquitectura de la colonización antioqueña de la Universidad Nacional confirman que se levantó antes de que la carretera vieja a Chinchiná se consolidara hacia 1930.
Al verla allí, uno entiende que no solo ha visto pasar los años, sino que fue parte de la comunicación de toda esta zona rural. El dueño, Toño, es un hombre canoso y amable que nos recibe tras el mostrador mientras le vende un kilo de sal a un vecino.
“Antes aquí se encontraba de todo: desde trompos y agujas, hasta carnicería tuvimos”, recuerda Amanda, mientras su mirada se pierde entre los viejos estantes.
Entonces, Toño señala las vigas de madera que sostienen el techo y explica que ha luchado por mantener la estructura original para honrar el relato de su padre: “esta casa era el hotel de paso”, el lugar donde los arrieros descargaban el cansancio antes de seguir hacia Manizales.
—Toño, yo creo que usted no se quiere ir nunca de La Violeta, ¿cierto? —le pregunté.
Él se detuvo un momento y, con seguridad, me respondió:
—Yo de La Violeta no me quiero ir nunca. Aquí he sido muy feliz con mi esposa y mis tres hijos. Esta casa es mi vida entera.
Nos despedimos y retomamos la marcha. El sol empezaba a caer sobre el cafetal mientras avanzábamos hacia el último punto del recorrido: el colegio de la vereda.
El colegio
Dejamos atrás la tienda y empezamos a subir. Tras unos cinco minutos de caminata, mientras mirábamos el atardecer, le pregunté a Amandita si había ido a la escuela.
“Mi escuela se llamaba Nueva y Café. Era de los cafeteros y allí mi profesora, Eladia Mejía, me enseñó a leer y escribir mis primeras palabras”, cuenta mientras señala hacia donde quedaba la antigua construcción.
Tras la demolición, un vecino donó el lote actual para que el saber no se fuera de la vereda.
Allí se levanta la Institución Educativa Rural La Violeta, que nos recibe con barrotes amarillos y un mural donde descansa un atardecer eterno. Esta edificación, que según los Archivos Históricos del Programa Escuela Nueva en Caldas fue construida en 1992, marcó el inicio de una nueva etapa para la vereda.
Fue en estas aulas donde, en el año 2000, llegó Dora Castaño, una profesora oriunda de Neira que empezó a escribir la historia moderna del plantel. Dora aún recuerda su llegada. La primera clase que dictó fue Agropecuaria, enseñando a los hijos de la tierra a entender su entorno.
“Allá fui muy feliz”, confiesa Dora ahora desde la vereda La Linda, tras haber entregado veinte años de su vida a La Violeta. Al recordar su partida, su voz se carga de sentimiento: “Fue una decisión muy difícil: mi trabajo es lo que me ha dado la vida”.
La despedida
Nos detuvimos frente al sendero. Amandita me tomó del brazo, se inclinó y me dio un beso en la mejilla, sellando nuestra jornada con esa calidez que solo entrega quien abre las puertas de su vida.
—Hicimos un gran recorrido por la memoria hoy, Amandita —le dije con gratitud antes de partir.
Ella me miró con sus ojos brillantes, feliz de que el pasado de La Violeta no se hubiera quedado en el olvido. Mientras esperaba el bus, la vi agitar la mano desde la entrada del camino hacia su casa. Me fui sabiendo que la memoria es el puente más fuerte que existe y que hoy, en este rincón del mundo, logramos cruzarlo juntas.







