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Leyendo: Doña Marta: una historia de amor y resiliencia
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Doña Marta: una historia de amor y resiliencia

Página 2
Última actualización: 10 de junio de 2026 18:37
Página 2
Publicado: 27 de mayo de 2026
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Doña Marta en su hogar mientras comparte historias de su vida y ayuda a la comunidad.
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En la sala de la casa de doña Marta conviven fotografías, reconocimientos, libros, recuerdos familiares y decenas de plantas que ella misma cuida día a día. Las matas, son una de sus mayores compañías y uno de los espacios que más disfruta atender dentro de su casa.

La casa de doña Marta parece guardar la memoria de muchas vidas. El piso de madera suena con cada paso, las plantas cuelgan del techo alto como el de las casas antiguas, las paredes están llenas de cuadros, relojes antiguos y fotografías que parecen vigilar silenciosamente cada conversación. En medio de la sala, ella acomoda lentamente una silla mientras sostiene el bastón con una mano. Dice que todavía le duele la pierna desde la operación de trasplante de rodilla, pero aun así no se queda quieta. Habla, se levanta, muestra libros, atiende llamadas, se ríe y ofrece tinto.
A simple vista podría parecer una mujer seria. Pero basta escucharla unos minutos para descubrir que es una mujer conversadora, cálida, atrevida para decir las cosas y profundamente amorosa. Mientras habla, se quita el saco y suelta una frase que resume bastante bien quién es:

“Mantengo más solicitada”, porque su celular está sonando nuevamente.


Y es verdad. A doña Marta la buscan vecinos, amigas, estudiantes, muchachos del barrio y personas que llegan a pedir ayuda. Algunos la conocen como la cofundadora de Comunativa. Otros simplemente la llaman “mamá Marta”. Pero detrás de esa mujer líder que la comunidad conoce, hay una historia mucho más profunda: la de una niña que aprendió a trabajar desde pequeña, una mujer que convirtió la cocina en una expresión de amor y una señora que, incluso después de tantas pérdidas sigue abriendo las puertas de su casa para ayudar a los demás.

“Yo nací para servir”


Doña Marta nació y creció en el barrio Las Delicias, en la comuna San José. Fue la menor de 14 hermanos y aprendió desde niña que la vida no daba tregua. “Cuando mi papá murió, yo tenía ocho años. Entonces me tocó ayudarle a mi mamá”, cuenta mientras acomoda unos libros sobre la mesa. Sus hermanas mayores le enseñaron a bordar, marcar camisas, tejer, cocinar y hacer postres. Ella recuerda que iba puerta por puerta ofreciendo el trabajo de su mamá y que incluso marcaba pañuelos usando su propio cabello. “Yo siempre fui muy trabajadora. Desde muy niña mamá nos enseñó a ser trabajadoras”.

La palabra “servicio” aparece constantemente cuando cuenta sus historias. También aparece cuando hablan quienes la conocen. Su hijo, Juan David, profesor y músico, dice que esa ha sido siempre la esencia de su mamá, “Es una mujer que nació como para el servicio. Ella tiene un don de servir, de hacer que la gente se sienta en casa”.
Y quizá por eso la comida ocupa un lugar tan importante en su vida. Porque para doña Marta cocinar nunca ha sido solo cocinar. “Ese fue mi arte, mi amor. A mí la culinaria me gustó desde niña”. Habla de carnes en rollo, tamales, tortas, postres y sancochos con el mismo brillo con el que otras personas hablan de viajes o recuerdos felices. Su hijo dice que el alimento que ella prepara “tiene un ingrediente especial”, el amor.

La niña bonita del barrio

Doña Marta y Marlene recuerdan historias de infancia, amistad y barrio. Desde niñas compartían “el alguito” del colegio y los chorizos con arepa que preparaba la mamá de Marta, una tradición que, décadas después sigue uniendo su amistad. Ahora toman tinto y pasan largas horas hablando de lo que han hecho en sus vidas.

Cuando Marlene Villa Henao habla de doña Marta, vuelve a convertirse en una niña. Las dos se conocieron en primaria, en la escuela Sagrado Corazón cuando tenían apenas siete años. Han pasado décadas desde entonces, pero Marlene todavía recuerda perfectamente cómo era su amiga. “Era una muñeca. Toda bella y toda tierna”.
Las dos compartían lo que llevaban al colegio. “Nunca nos comíamos una cosa solas. Lo de ella era mío y lo mío era de ella”. Marlene recuerda los chorizos con arepa que preparaban en la casa de Marta y también recuerda algo más íntimo, que fue ella quien le contó, casi en secreto, que a cierta edad a las mujeres les llegaba la regla, cosas que en esa época no se hablaban abiertamente. Cuando lo cuenta, baja la voz y se ríe. Doña Marta también.
Luego las circunstancias de la vida las separó durante muchos años. Hasta que un día Marlene encontró una publicación sobre ella como Mujer Confa en La Patria y decidió buscarla. Cogió un taxi y le pidió que la llevara a la dirección escrita en el periódico. “Cuando ella me abrió la puerta nos dimos un abrazo. Casi lloramos”. Desde entonces volvieron a hablarse como cuando eran niñas.

“Yo fui carnicera”

Hay algo que sorprende cuando doña Marta habla de su vida y es la cantidad de cosas que ha hecho. Fue cocinera, bordadora, emprendedora, mujer Confa y también carnicera. “Yo sé despostar ganado y organizarlo”, dice con naturalidad. Conoció a su esposo cuando apenas tenía 16 años. Él era carnicero del barrio y le llevaba serenatas. “A mí me mandaban a comprar carne y yo decía: ‘¿para qué me mandan donde ese nariz quebrado?’”, cuenta entre risas.
Al final se casó a los 17 años y juntos construyeron una vida. Tuvieron tres hijos y levantaron negocios familiares en medio de un barrio que ella describe como “la zona roja”. Es reiterativa cuando dice nunca permitió que el contexto del barrio definiera la vida de sus hijos. “Si usted le da amor a un hijo, él crece con amor”. En su casa, dice Juan David, su hijo menor, nunca hubo golpes. “Todo era diálogo. Mi papá y mi mamá siempre nos enseñaron a hablar”. Mientras muchos niños del barrio crecían entre violencia, drogas o abandono, ellos crecieron escuchando consejos, estudiando y compartiendo en familia.

“La escuela de la vida es la mejor”, dice ella.

Su casa se convirtió en refugio

El Macroproyecto San José cambió la vida de muchas familias en la comuna. Las demoliciones, el desplazamiento y la destrucción del barrio dejaron a muchos niños sin espacios seguros. Doña Marta todavía habla de eso con dolor. “Nosotros pensábamos que el barrio iba a mejorar, pero eso fue un macrodesastre”.
En medio de esa crisis nació Comunativa. Al principio, ella no quería abrir las puertas de su casa, “Yo decía: ‘Ay no, traer aquí tantos niños”, pero terminó haciéndolo. Y entonces empezaron a llegar muchachos, madres cabeza de hogar, niños, colectivos, estudiantes universitarios y voluntarios extranjeros. A doña marta la han visitado de Alemania, España y varios países del mundo. Guarda con gran fervor en un libro de actas de 90 páginas, cada firma de las personas que pasaron por su casa. En su patio hacían actividades, cocinaban, enseñaban música y escuchaban historias difíciles de la realidad de su barrio. “Las niñas se desahogaban aquí”, recuerda.

Muchas llegaban hablando de violencia en sus hogares, abuso o abandono. Ella las escuchaba sentada en el piso. “Yo les decía: ‘Aquí están mejor. Aquí aprenden cosas”. Y así, casi sin proponérselo, convirtió su casa en un refugio. Les enseñaba a hacer pan de queso, pan de bono, postres y tortas con las verduras que cultivaba en el patio. También les daba comida, ropa y compañía. “Aquí viene mucha gente a pedirme ropa. Yo no vendo. Yo les doy”. Incluso hoy, aunque ya no participa en Comunicativa como antes por temas de salud, sigue pendiente de los niños y de los procesos.

“La soledad es lo más duro”

El Premio Cafam a la Mujer es uno de los reconocimientos más relevantes del país para exaltar el liderazgo femenino y la labor social de mujeres que trabajan por sus comunidades desde distintos territorios de Colombia y doña Marta lo obtuvo.

Si hay un tema que le cambia la voz a doña Marta es la muerte de su esposo. Habla de él con cariño y con nostalgia. “La viudez ha sido lo más duro de mi vida”. Dice que vivir sola en una casa tan grande le enseñó a convivir con el silencio. “La soledad es lo más duro. Uno tiene que saberla afrontar porque si no, se va pa’ el piso”.
Ahí aparece nuevamente esa fuerza y esa resiliencia que parece sostenerla siempre. Porque doña Marta habla del dolor sin amargura, habla de las pérdidas, de la enfermedad, de los hermanos que murieron, del barrio destruido y de la tristeza, pero después vuelve a reírse, a ofrecer comida o a preguntar si alguien ya almorzó. Quizá por eso tantas personas la siguen buscando. Porque en “La ciudad de las puertas abiertas”, para muchos hay puertas permanecen cerradas y la de doña Marta todavía sigue ahí.


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