Don José: un manizaleño en la industria aeroespacial

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El café ya está humeante y el apartamento de don José Tamayo se inunda en el olor a tinto fresco. Son las 6:45 de la mañana, Manizales sigue cubierta por su cobija de niebla espesa. Mientras sopla y sorbe con lentitud su café, mira cómo el humo blanco entra en su morada y se une con el vapor de la aguapanela hirviendo. “Este frío me recuerda a esas madrugadas allá en la fábrica”, comenta don José, frotando sus manos en la taza caliente. Don José se dispone a hundirse en su sofá. Su vida ahora es distinta. Tras vivir en Estados Unidos, rodeado de aviones y maquinaria, disfruta de su vejez en casa.  

Hace 59 años, don José recorría con desesperación las calles de Nueva York buscando trabajo. Dudaba de su decisión de dejar, en pleno diciembre, las montañas de su tierra y su puesto como contador en el Instituto Nacional de Abastecimiento. Sin embargo, si hoy retrocediera treinta años, recordaría su éxito como un manizaleño destacado en una de las principales fábricas de proveedores aeroespaciales de EE. UU., que elaboraba piezas clave para los aviones de laGuerra Fría. 

Un joven José, con solo 22 años y sin experiencia, decidió viajar en pleno invierno con su esposa, Luisa Gómez, y sus dos pequeñas hijas de cuarenta y treinta meses. Reconoce que fue una decisión arriesgada, pero solo pensaba en proteger a su familia. Las palabras de su cuñado Fredy Goméz, que llevaba ocho meses en New York y le aseguraba facilidades para obtener la visa y trabajo, lo impulsaron a aventurarse. “Solo pensaba en tener bien a las bebés y a Luisa”, dice, mientras deja la taza de café en la mesita de cristal de la sala. 

Inició el papeleo para la visa en octubre, sin mucha convicción y dejándo todo al destino. El cónsul le informó que solo él podía viajar, ya que no tenía un trabajo que asegurara el bienestar de su familia. “Entonces no me podía ir, cómo iba a dejar las niñas”, relata. Mientras se estira y acelera su voz explica que la embajada le sugirió conseguir un contrato, pues con un empleo fijo se la aprobarían. 

Empezaba diciembre y no había podido conseguir el papel. “A Fredy le tocó mandar un contrato chibeto”, añade doña Luisa, que sale de la habitación ya organizada y con un olor a coco que se desprende de ella.  

El 24 de diciembre ya estaba rumbo a New York. Hoy en día, algo así parece impensable. Un análisis deVisas Gómez & Asociados en junio de 2023 mostró que el 41,9% de las solicitudes de visa americana para colombianos fueron rechazadas, lo que representa cerca de10.800 personas. Sin embargo, don José consiguió la residencia y permiso de trabajo. Un regalo de Navidad. 

Vivir el tal sueño americano 

El idioma era un gran problema.No hablaba nada de inglés. “Yo me iba para esas empresas y solo sabía decir: ‘I’m looking for a job’, más de uno me pudo haber dicho que sí y yo no le entendía”, cuenta. Decidieron irse a vivir a Connecticut, ya que su cuñado le pudo conseguir un puesto en la cafetería de una fábrica. Allí tenía que estar pendiente de las cafeteras y pasar por unos setenta puestos para lavar y hacer más café. “Todo el día estaba haciendo la ruta, porque cuando iba en el puesto cincuenta, en el uno ya se había acabado”, agrega.  

Estaba agotado. Aunque doña Luisa había conseguido trabajo, casi la mitad de su sueldo se iba en pagar la niñera. Salían de casa a las 4:00 de la mañana y regresaban a las 8:00 de la noche. “Ya ni hablábamos. Llegábamos tan cansados que solo dormíamos”, recuerda. Esta rutina solo duró seis meses, pues un amigo de la empresa lo recomendó para un puesto en una compañía de aviación. Sin embargo, había un requisito: saber inglés. “Conseguí un diccionario y me puse a estudiar por las noches cuando llegaba del trabajo. No lo hacía por la petición, porque estaba desanimado, sino porque sabía que debía empezar a defenderme”, relata, mientras toma un diccionario de inglés-español de la estantería que está junto al sofá. 

Pasaron dos meses y don José entró a trabajar a Harford Tool and Die. Hoy,Pan American Tool Corporation. Allí entró a pulir piezas con un portugués, pero -al ver que le resultaba tan fácil- le mostró otra máquina para hacer tornillos, que tampoco le costó trabajo. A manera de reto, le ponía más y más funciones. Don José se convirtió en un todero: “Allí trabajaban muchos alemanes y, como hacía tanto frío, se calentaban a punta devodka. Se necesitaba una pieza y ellos borrachos, entonces yo decía: “‘I can do it´”.  

Durante un año, don José se dedicó a aprender y manejar todo tipo de máquinas, ganándose el respeto de sus superiores. “A mí me decían haga tal cosa y yo la hacía, porque sabía que era conocimiento. Los demás preferían hacer lo mínimo”, relata. Una vez dominó todas las máquinas, su compañero alemán, George, le propuso cambiarse a otra empresa, donde le pagarían mejor. Sus jefes no lo querían dejar ir, pero no cambió de decisión. “Entonces me fui paraAmerican Tulan Die“, cuenta. Se metió por completo a estudiar planos, porque le daban la posibilidad de tomar cursos de ingeniería. 

  

“Y toqué el cielo con las manos” 

Don José empezó trabajando como Tool Markt, es decir, fabricando herramientas, pero su habilidad para interpretar planos sorprendió tanto a la empresa que comenzaron a llamarlo para recomendar trabajadores colombianos. Su desempeño era tan impresionante que, como dice su esposa, “les sirvió hasta pa´ remedio”. Los directivos asumieron que todos los colombianos serían igual de buenosy no se equivocaron. Don José empezó a reclutar paisanos sin importar su edad, género o situación migratoria y ninguno lo defraudó. Además, la empresa pagaba el doble por horas extra y hasta el triple por trabajar los fines de semana. “Les decía que tenían que estar pilos, aprender mucho y aprovechar los bonos, que podían llegar a $200 mil dólares”, comenta.  

Al cabo de un año trabajando en la empresa, el director de la compañía descubrió que el jefe general estaba filtrando los planos de la organización a otras compañías y decidió que don José ocuparía su lugar. Esto provocó que muchos empleados alemanes, estadounidenses y portugueses renunciaran al no aceptar estar bajo el mando de un colombiano. Y la empresa aprovechó el cambio: el 80 % de la fuerza laboral pasó a ser colombiana. Los resultados hablaron por sí solos. “Comenzamos facturando $150 mil dólares mensuales, luego $200 mil y, al cabo de dos años, alcanzamos los $600 mil”, dice con orgullo. 

No obstante, esa dicha no duró mucho. Un colombiano buscó a don José para pedirle trabajo, pero en ese momento no había vacantes. Molesto, denunció la situación a inmigración. “Cuando vi que entraron a la oficina del jefe, fui de estación en estación avisando para que se fueran. Tuvieron que tirarse por las ventanas y esconderse. La únicadeportada fue una caleña embarazada”, recuerda con nostalgia. 

El avión se cayó  

Pasaron veinte años y don José continuó aprendiendo, al punto de abrir su propio taller, que atendía en sus tiempos libres. “Muchas veces la empresa no podía tomar todos los pedidos, entonces los clientes me buscaban y yo les hacía las piezas”, confiesa. La compañía lo confrontó. “O su trabajo o la empresa, me dijeron. Me pareció injusto, porque no descuidé mi trabajo ni les quitaba clientes, así que decidí seguir con lo mío”, manifiesta con el ceño fruncido. El éxito de su taller duró solo cuatro años más, hasta que lacaída del muro de Berlín,en 1989, provocó unabaja en la productividad. Quebró y cerró. Quería descansar. “Me estaba poniendo viejo y no pude disfrutar mi vida, ni a mis hijos, ni a mi esposa. Ya era suficiente. Tomé la decisión de devolverme a mi tierrita”, afirma.  

El retorno a aires tranquilos 

A los cuarenta y ocho8 años, don José regresó a Manizales para disfrutar de los frutos de su trabajo. Hoy, su columna y rodillassufren por las arduas horas que trabajó en las máquinas. De esa época sólo conserva un reconocimiento por inventar un dispositivo que medía la calidad de los motores de aviones con el que obtuvo el premioPratt & Whitney Dependable, codiciado en la industria aeroespacial. 

Y así, mientras se termina la primera olleta de café y el humo de la siguiente invade otra vez la casa, el recuerdo de su vida en EE. UU. se desvanece como la mañana en el frío de Manizales. Don José Tamayo sonríe, sabiendo que su legado en la industria aeroespacial permanece. Su vida es un testimonio de perseverancia y entusiasmo de un colombiano en el extranjero. Ahora rodeado de su familia y disfrutando de su vejez en su ciudad natal, dice con orgullo: “Valió la pena”. 

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