Por: Valeria Alzate Acosta.
Recuperar para resistir
Son las ocho de la mañana y en La Galería ya no existe el silencio. Los camiones pitan, los vendedores levantan las rejas de sus puestos y el olor a cilantro fresco se mezcla con el de las frutas. Entre el ruido de los camiones descargando alimentos y las voces que madrugan aparece Jorman López, un joven delgado y de estatura media que tiene el cuerpo marcado por tatuajes que le recorren los brazos y suben hasta el cuello. Lleva el cabello corto, oscuro, y una expresión seria y algo estática. Camina saludando mientras saluda a los comerciantes y muestra su camiseta negra con el logo de Rekup, como quien conoce de memoria cada pasillo. “Bueno, ¿hoy a quiénes llevaremos mercadito? Pregunta a dos jóvenes voluntarios. “Yo tengo dos familias en mi barrio” responde uno. Allí comienza su jornada.
Es sábado, para la mayoría día de comprar mercado, pero ellos vienen a recuperarlo. “Buenos días, ¿deseas donar comida para el banco de alimentos?” Es la frase que se repite durante las casi dos horas y media que tardan en recorrer toda la Galería. Hacen parte de Rekup, un colectivo de jóvenes que toma los alimentos que los comerciantes de la plaza están a punto de desechar. Frutas golpeadas, verduras imperfectas y bultos que ya no sirven para vender, pero sí para alimentar. Lo que para muchos termina en la basura, para ellos se convierte en mercados que llegan a barrios vulnerables como El Guamo, Samaria y Gálan.
Manizales no es protagonista en las noticias, según el más reciente informe de Manizales Cómo Vamos, para el año 2024 la capital de Caldas y Villamaría registraron las tásas más bajas de pobreza monetaria y pobreza monetaria extrema entre las ciudades capitales del país, pero eso no quiere decir que no haya necesidades, pues muchas veces miembros de un hogar no tienen el ingreso suficiente para adquirir la canasta básica de alimentos.
Hace un año una convocatoria por internet, iniciada por Jorman, bastó para reunir a varias personas dispuestas a ayudar. Desde entonces, cada semana desde las siete de la mañana hasta el mediodía, recorren los pasillos de la plaza pidiendo donaciones a los comerciantes, separando lo que aún sirve, pesándolo, organizándolo y llevándolo el mismo día a quienes lo necesitan.
“Nosotros decimos: si tú te lo comes, sirve”, explica Ana María Aponte, de cabello rubio que contrasta con sus ojos verdes grandes e intensos. Su mirada puede intimidar, pero su voz es suave y su sonrisa amplia desarma cualquier primera impresión. Para ella, recuperar no solo significa rescatar comida, sino también cuestionar la lógica del descarte. “Por ciertas cicatrices el mismo sistema te dice: estás descartado. También hablamos de eso cuando recuperamos alimento”, dice.
Cada sábado pueden recoger entre 100 y 400 kilos de comida. A veces son solo dos personas cargando bolsas, otras veces llegan más manos. No hay jerarquías ni horarios y el transporte o las canastas las compran con su propio dinero o con las ventas de las camisetas de Rekup.
Para ellos, lo que más los ha marcado no son las cifras, sino las personas que regresan cada semana por su bolsa de alimento. Ana recuerda especialmente a Kelly, una mujer que llevaba el mercado para su familia conformada por 4 miembros. Cuando le preguntó cuánto le duraban esas dos bolsas la respuesta la dejo pensando: semana y media, casi dos. Con situaciones como esa, ellos se convencen de que madrugar un sábado sí cambia algo y que, para Ana, muchas veces desde el privilegio se es egoísta.
Continúan su recorrido por el terminal de yips mientras se acerca una señora mayor a preguntar cuánto cuestan los aguacates que llevan en una de las canastas. “Son gratis, llévese estos dos que están bien buenos”, le responde Jorman con una sonrisa.
Al llegar de nuevo al pabellón seis, con la ropa untada de barro, los zapatos sucios y sus manos adoloridas, terminan de organizar los mercados uno por uno, distribuyendo los alimentos equitativamente: “Vea, póngamele papita a este que le falta y al otro échele aguacate”, comentan entre ellos. Al finalizar toman los mercados, los suben al carro que llos llevará a los barrios y ponen de a 2.000 por persona para pagar el espacio que les presta El Banco de Alimentos de la Galería para organizar todo.
Una mesa contra el olvido
A las once de la mañana, cuando ya ha comenzado la rutina en las calles de San José, varios abuelos esperan sentados en el comedor de la casa de las Hermanas Vicentinas. Algunos llegan caminando, otros envían a un familiar por su plato y algunos más esperan en casa porque ya no pueden movilizarse. Todos saben que allí, de lunes a viernes, siempre hay un desayuno- almuerzo caliente esperándolos.
La Hna. Victoria Obando suele estar cerca, pendiente de todo. Con su voz dulce parece bajar el ruido de lugar apenas habla. Camina rápido de un lado a otro asegurándose de que todos llegaron y de quién hace falta. Habla con serenidad, como quien ha pasado años aprendiendo a escuchar. Lleva más de 40 años de vida religiosa y cinco en la comuna San José, aunque su comunidad lleva allí casi 80 años acompañando este sector de Manizales.
Antes, cuenta, el trabajo estaba enfocado en niños. Después llegaron los programas para madres gestantes y lactantes. Pero con los años la necesidad cambió de rostro y decidieron hacer su labor social con los abuelos. Hoy Manizales envejece, más del 20% de sus habitantes tienen más de 60 años, así lo asegura el informe de calidad de vida 2024 de Manizales Cómo Vamos.
A día de hoy son cerca de 40 adultos mayores los que reciben este desayuno- almuerzo que puede ser fríjoles, pollo, carne o chicharrón. Entre ellos mismos se ayudan, pues si uno no puede venir, otro lleva la comida. “Muchos no quieren ir a los programas de la Alcaldía porque sienten que los tienen encerrados todo el día”, explica la Hna. Victoria. “Ellos quieren seguir con su ritmo, salir, caminar o trabajar si pueden. Entonces aquí desayunan, almuerzan y luego continúan su día”. Esta labor no se sostiene desde grandes convenios ni ayudas oficiales. Se sostiene, dice ella, con “gente de buen corazón”. Personas que donan alimentos, ayudan con celebraciones o llegan para ayudar a servir la mesa.
Cuando habla de San José, la Hna. Victoria evita los prejuicios que por años han acompañado el lugar. Sabe que muchos miran la comuna desde el miedo. “Sí, hay consumo, abandono y hambre, pero también hay gente hermosa, trabajadora y profundamente luchadora. Detrás de cada rostro hay una historia muy fuerte”, dice. “De dolor, de hambre, de abandono. Por eso no se puede juzgar tan fácil”.

Un lugar para quedarse
A veces entran niños con cuadernos bajo el brazo buscando dónde hacer tareas. Otras veces llegan señoras cargando las bolsas de lana para el taller de crochet. También aparecen adolescentes ensayando teatro, muchachos que buscan una guitarra prestada o alguien que simplemente necesita pasar la tarde en otro lugar. Nadie pregunta demasiado. La Casa de la Cultura de la Comuna Ecoturística funciona como un espacio donde siempre cabe alguien más.
La coordinadora es Iris Vélez. Es blanca, cabello negro y una mirada profunda, intimidante, pero cuando habla es fácil identificar que esta convencida de lo que dice. Lleva apenas unos meses allí. Va de salón en salón organizando talleres, respondiendo preguntas y saludando a todo el que entra. Mientras habla, alrededor suyo ocurren muchas cosas al mismo tiempo: unas mujeres tejen en círculo, alguien mueve cámaras para un taller audiovisual y desde otro espacio se escucha música. “Una de las misiones de las casas de la cultura es darles vida a las personas”, explica.
En Manizales hay 14 casas de la cultura y cada una acompaña una comuna diferente. La de Minitas trabaja con toda la comuna ecoturística y ofrece talleres gratuitos de danza, musíca, teatro, cine, tejido, fotografía y gimnasia artística. Pero más allá de las clases, el lugar terminó convirtiéndose en un refugio.
“Acá vienen muchos niños que quieren huir de sus casas”, cuenta Iris mientras señala el árbol de las emociones, hecho de cartulina y pegado en la pared. Lo hicieron junto a jóvenes de servicio social para hablar de salud mental en una ciudad que, según datos de Alcaldía de Manizales y Manizales cómo vamos, en el 2024 registró aproximadamente 607 casos de intento de suicidio. Con esto Iros no solo busca entretener, sino también acompañar y educar. “Uno busca demostrar que pueden existir otras posibilidades”, dice.
Cristian Andrés Arce es una prueba de esto. Llegó a la Casa de la Cultura cuando tenía 15 años para hacer teatro y tocar en una chirimía. Después entró a la escuela de circo y gracias a la Casa de la Cultura obtuvo una beca para estudiar francés. Sin embrago, continuó con su formación en el circo y regresó como tallerista de teatro y cine de cinco casas de la ciudad. “El poder cambiar y modificar ciertas conductas de las personas y demostrar que puede haber un montón de posibilidades diferentes es lo que me gusta y motiva de la labor social”, comenta.
En otro salón, un de mujeres teje mientras conversa. Diana Patricia Piedrahita llega cada miércoles desde febrero al taller de crochet. Dice que comenzó por curiosidad, pero encontró algo más valioso que aprender puntadas nuevas. Recuerda con especial cariño cuando una de las mujeres del grupo llegó embarazada y entre todas decidieron organizarle un baby shower. “Ella no se lo esperaba y la pasamos espectacular”, cuenta. Para ella, eso resume lo que significa el taller: compartir, distraerse y sentirse acompañada.
La navidad que nació en la calle
En diciembre, antes de que caiga la noche, una cuadra de Minitas se ilumina completamente. No hay ruido, ni escenario oficial, solo vecinos que salen con extensiones, otros que sostienen bombillos y alguien que revisa que todo funcione. La tradición de decorar la cuadra comenzó hace casi 45 años, cuando un grupo de adolescentes decidió que la navidad no podía ser solo esperar el 24.
Al principio fue sencillo: pequeños triángulos de plástico que colgaban y que el viento movía. Querían que sonara la alegría y se sintiera el ambiente. Aquellos adornos básicos fueron el inicio de algo que no sabían que duraría tanto. Con el tiempo llegaron las luces y las decoraciones más elaboradas. Vecinos que entendían de electricidad propusieron hacer instalaciones de casa en casa. Más adelante, cuando ya trabajaban y podían aportar económicamente, empezaron a recoger fondos para comprar regalos. Llegaron a reunir hasta 70 niños en la cuadra y cada año organizaban novenas, natilla y buñuelos hechos por las matronas del barrio, en jornadas que empezaban en la madrugada, con maíz molido y recetas transmitidas como un legado.
Rosalba Flórez García, una mujer alta, esbelta, de cabello castaño claro y mirada dulce, es una de las pioneras de esta tradición y recuerda cuando una vecina se disfrazó de Papa Noel. “Llegó con su disfraz todo relleno y esa risa tan particular. Fue una sorpresa para todos y los niños estaban felices porque Papa Noel había ido a verlos”, comenta.
Hoy la cuadra es distinta. Ya no hay tantos niños y la mayoría de quienes viven allí son adultos mayores, muchos de ellos propietarios, hijos o nietos de los fundadores. Pero la tradición no desapareció: cambió de forma. Ahora se reúnen cada quince días y hacen bingos para recoger fondos. Cada familia aporta una cuota de 10.000 pesos y con lo que reúnen compran materiales para el alumbrado y los faroles. Además, organizan rifas para continuar con su objetivo de mantener vida la celebración y, al mismo tiempo, sostener la fraternidad.
Rosalba sabe que el futuro es incierto. “Ojalá no se acabe”, dice. Reconoce que las nuevas generaciones tienen otros intereses y que sostenes la tradición requiere compromiso constante, pero mientras haya vecinos dispuestos a reunirse, la cuadra seguirá encendiéndose como aquel día en que la decoración fueron unas palmeras gigantes con papel tornasol: “Nos sentíamos en la playa”, recuerda Elvia Parra Castro, habitante de esta cuadra del barrio Minitas.

