Texto y fotos por Sebastián Londoño
Son las ocho de la noche y el aire de La Enea comienza a transformarse. Afuera, el olor a pizza
recién horneada se mezcla con el de la calle húmeda. Pasos más adelante, el humo de cigarrillo marca la entrada del bar. Ya adentro, el aguardiente y el sudor anuncian que la noche apenas empieza.
Desde la esquina se escucha una campana de bongó que acompaña la voz de Ray Barretto en Margie:
“Yo quisiera saber qué yo te hecho. Yo quisiera saber por qué razón huyes de mí…”.
La canción se escucha por todo el lugar y los cuerpos responden de inmediato. Las imágenes de Héctor Lavoe y Celia Cruz observan desde la pared cómo los
asistentes giran, sonríen y se dejan arrastrar por el ritmo que empieza a latir en Aqua Salsa Bar.
La memoria del tambor afrocaribeño
Hace 35 años nació un negocio llamado Frufrú, que tenía como principio poner música crossover. Sin embargo, al reconocer la tradición salsera que tiene Manizales y
el barrio La Enea se tomó la decisión de cambiarle el nombre a Aqua Salsa Bar. “Es como un niño consentido para mí, es como mi otro hijo”, asegura Marcelo
Naranjo, único dueño del local. Un espacio que ha sido catalogado por sus mismos clientes como un refugio donde la salsa deja de ser un género y pasa a ser un sentimiento de liberación. En Aqua la salsa significa algo más que
ritmos y letras, es historia viva.
El origen del género, según explica Go&Dance, se remonta al Texto y fotos por Sebastián Londoño momento en que
los africanos residentes en el Caribe mezclaron sus tambores con los ritmos europeos. Allí nació una música de supervivencia, de identidad, de comunidad. En este rincón de La Enea, esa herencia sigue viva en cada guaguancó, mambo o cha cha chá. Daniel Soto, cliente frecuente, lo resume con el alma: “La salsa es alegría, es la salida de la depresión, la salsa es liberación”. Hace cinco
años perdió a su madre y, desde entonces, cada baile es una forma de resistencia emocional.
La salsa como lenguaje
El reloj ya marca las 12:25 de la madrugada y por los parlantes se cuela la voz de Piper
Pimienta: “Buscando vivo a mi prenda amada. Estoy intranquilo no sé qué hacer”. La canción Buscándote, de The Latin Brothers, es la elegida por Juan Sebastián
Mejía, DJ y administrador, quien es el encargado de poner la música que la gente pide y la que guarda en su consola. “Aquí se escucha salsa pesada,
romántica, antillana… depende del público”, dice mientras ajusta los niveles de volumen. Es hora de sacar las maracas y armar parejas, hay un gran espacio
que utilizan como pista de baile y nadie se quiere quedar por fuera. Con el pasar del tiempo más personas se reúnen en este recinto para ponerle sabor a la
noche. La llegada de más salseros equivale a otra tanda de cervezas, aguardiente y ron.
Afuera, el barrio reposa en completo silencio. Adentro, los saludos se repiten una y otra vez. Todos se conocen, todos comparten un ritmo y un espacio, pero la salsa para
cada uno es un sentimiento diferente. Carlos Ariel Álvarez lleva más de 25 años viniendo a Aqua. Comenzó como mesero, pero hoy es parte del mobiliario
emocional del bar.
Carlos habla de la salsa con respeto y adoración:
“Aquí uno se encuentra con su esencia. La salsa es unión, no es problema, es cultura.”
Recuerda con mucho entusiasmo la ocasión en la que un canal peruano lo grabó a él y a su pareja bailando en Manizales Grita Salsa. Ya pasada la una de la
mañana, el ambiente se torna más íntimo. Las luces bajan su intensidad, las parejas se acercan y la salsa romántica es la protagonista. “La salsa es una
expresión de fusión, mestizaje y sincretismo cultural… Las supervivencias de aspectos culturales africanos han sido fundamentales”, explica un estudio de
Daniel Ulloa, psicoterapeuta. En Aqua esta frase cobra sentido: la música es un idioma que une a la misma pasión de diferentes personas y los hace expresarse
en cada compás.
En la década de 1960, los barrios de Nueva York vibraban con el sonido de trompetas y timbales. Johnny Pacheco le dio popularidad a un nombre que mezclaba culturas. Fundó Fania Records y reunió a músicos caribeños que se
sincronizaron en un mismo ritmo que pronto se convertiría en nueva brújula. Como explica la Oficina de Patentes y Marcas de Estados Unidos “Pacheco
popularizó una versión neoyorquina de la música bailable cubana… Lo llamó a todo ‘salsa’: la música, el baile, la cultura en general”. En ese instante, la
salsa se transformó en algo más que sonidos y melodías, fue un acto de identidad y resistencia, una manera de hacerse presentes.

El eco del bongó
Son casi las dos de la mañana y el DJ anuncia la última canción. El cansancio se disimula con
sonrisas, las copas vacías se agrupan en las mesas y los cuerpos se niegan a detenerse. Suena Idilio, de Willie Colón, y todos la entonan como si la madrugada fuera infinita:
“Y que el idilio perdure siempre al llegar la
noche…”.
Juan Sebastián observa desde la barra cómo la canción se apaga poco a poco y Aqua se va quedando sin su alma: su gente. Empieza a recoger las mesas,
apaga la consola y cierra las puertas de este templo que, desde hace 35 años, ha resistido a las modas, a los nuevos géneros y al olvido.
Cuando la puerta finalmente se cierra, el eco de las maracas sigue rebotando en las paredes.
Afuera, el barrio duerme; adentro, queda flotando una historia que nació en el Caribe, cruzó el Bronx y encontró refugio en La Enea. En Aqua Salsa, el ritmo no se apaga, solo descansa hasta el próximo fin de semana, cuando vuelva a
despertarse esa chispa danzante que conecta la resistencia con el ritmo.
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