Texto y fotos por Pedro Mejía
Con esta vista empiezan las mañanas de John Jairo Gallego hace 30 años. Desde el 13 de enero de 1993, él alquila este espacio para tertuliar con sus colegas mientras se gana sus pesos. He aquí ante nosotros la famosa Academia de Billar La Pipa, o El Billar del Centro para los entendidos. Se encuentra a media cuadra de la Alcaldía de Manizales por la carrera 22 con 19 y abre todos los días, raro fuera que no atendieran. El lugar tiene una jornada tan continua, que de 6 a 8 de la mañana las mesas son gratis.
Poco después de medio día, con el estómago lleno, las quincenas y pensiones recién pagadas y las gamuzas bien atadas, Llegan los señores billaristas. Los mejores de la ciudad, los que tienen el guantecito y el maletín con los tacos que se desatornillan, aquellos que llevan 50 o más años jugando. Estas personas vienen aquí porque es de los mejores lugares, las bebidas son baratas, las carambolas se cuentan en pantalla táctil y tienen cámaras para que no se pierdan sus mejores jugadas.
Entre los que van y vienen siempre hay, en promedio, 40 personas en el negocio. El mesero pasa, le pide un tinto a doña Celmira y dice: “hoy está como vacío”. Se ven botellas de aguardiente solitarias, casi enteras. Los jugadores toman “para calorearse”, pero no para perder la puntería. La Pipa factura sus milloncitos diarios y no falta el señor que baje dando tumbos por las escalas de madera a comprarle maní a la señora que vende en la entrada principal del billar.
En el papel, todo consiste en lograr que 3 bolas de marfil sintético se choquen entre sí, pero las personas que lo juegan y viven la experiencia, lo describen como matemática, física, pasión, alegría y una excusa para no llegar a casa. Ya son las 3 de la tarde, y empiezan las arengas, retahílas y monólogos de los señores. Durante el juego, los señores comienzan a hacer reclamos y a reírse por los fallos en sus carambolas.
El rival del dueño menciona las veces que se lo llevaron al calabozo por jugar cuando era menor de edad. Luego le coloca tiza a su taco y se acomoda para tirar.
Acá no solo se viene a jugar, también a observar a los jugadores y, en ocasiones, ni a eso. Este negocio es tan tradicional que es un punto de encuentro para amistades, un cafetín para charlas y un lugar seguro para pasar el rato. Los señores tardean, llaman a sus hijos o nietos y leen la prensa.
La Pipa es reconocido por los mejores talentos de la ciudad. Muchos de los señores que hoy juegan han ganado torneos en distintas modalidades. Sin embargo, cuando vienen a jugar no les interesa la competencia, vienen a hacer sus tiros de fantasía y pasar el rato con amigos.
Son las 6 de la tarde, ya se ve un poco vacío el lugar. John Jairo, (dueño del billar) se para frente a una nevera decorada con un hermoso trofeo de subcampeón, señala hacía atrás, no apunta al trofeo, sino a un enorme collage de los billaristas más reconocidos de Manizales que adorna la pared del lugar.

