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No ser dentro de la Iglesia católica

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Texto y fotos por: Juan David García Cifuentes
Hombre entrando a la iglesia con una bandera
Cuando James se pone en la posición de sacerdote para dar a conocer la palabra,
sus preferencias sexuales no existen, pues al ser un sacerdote abiertamente gay, está ayudando para que los miembros de la comunidad se acerquen a Dios
Foto por: Juan David García Cifuentes

Son las 11:00 a.m. del 13 de abril del 2023. Estoy en el cubículo uno de la biblioteca de la Universidad de Manizales, sentado en una silla negra con cojinería verde dentro de esa pequeña caja con paredes de cristal, piso en madera de los que rechinan al apenas apoyar el pie.

Espero mirando fijamente una pestaña
de Google Meet abierta en el computador a que, del otro lado, a unos 8.101 kilómetros, el sacerdote James Nicholas Francis Alison, Un hombre de 1.90 centímetros de estatura y ojos marrones que está en Madrid, España, se conecte para dar inicio a esta pequeña entrevista que tiene como objetivo hablar
acerca el vínculo que existe entre la Iglesia católica y la homosexualidad.

“Estamos hablando entre putos, como Dios manda”, dice James, con una sonrisa de lado a lado, para luego pasar a navegar por algunos aspectos de su vida.

Creció en Londres, en una familia evangélica de línea dura, la cual le inculcó y le enseñó a predicar la palabra de Dios desde muy pequeño. A los 18 años conoció a Fernando Vásquez Madrigal – su primer amor y al cual recuerda como un hombre sagaz y de mucho mundo – con quien se acercó a un catolicismo más amplio, en el que “Dios no detesta con tanta rabia a las personas como en el mundo evangélico”. Y gracias a esto halló el camino que por momentos veía lejano.

Se aventuró de lleno en la religión, incluso en contra de su familia, quienes aparte de tener un hijo gay, ahora se convertiría en un sacerdote católico.

Como caída del cielo

Pasaba el año 2015 y James regresaba a España luego de haber terminado su doctorado en Teología Sistemática en Brasil, cuando recibió una carta en latín por parte de m.mus Sr. Odilo Pedro Scherer, arzobispo de St. Paul en Brasil, representante de la Congregación para el Clero, en la cual le solicitaba humildemente la aplicación de la pena de destitución del estado clerical.

La sentencia era inapelable, y a pesar de que, en los nueve puntos allí mencionados, no daba una razón específica por la cual lo estaban echando de su cargo, la realidad era que ya no podía continuar con sus labores como sacerdote.

Todo apuntaba a que era por el tema de su condición sexual y la posición de la iglesia frente a este. Algo que lo llevó a una depresión.
Luego de las secuelas que este acontecimiento dejó en su vida, Alison tuvo la oportunidad de hablar con su maestro de novicios, ahora un obispo, sobre el tema y recibió todo su apoyo, tanto así que, que solicitó una audiencia privada con el papa.

Año y medio más tarde, esta audiencia entre el obispo y el papa se celebró de manera privada, en la cual se expuso una carta por parte de aquel hombre que había sido retirado de sus labores sacerdotales y que manifestaba su intención de continuar con su carrera.

Tenía un objetivo:

Disminuir la brecha entre la Iglesia y la homosexualidad y abrir camino para que otros sacerdotes puedan tomar su ejemplo, aceptarse tal cual son y predicar la palabra sin el peso de la mentira en sus hombros.
No pasó mucho para que una llamada de un número oculto en su celular hiciera presencia aquel 2 de julio de 2017. Así la recuerda:

Los pecadores reales no son los que se dan latigazos para convencer a los demás que son santos, son los que se aceptan como son y es con ellos que se comparte el evangelio de una manera que lo puedan interpretar de acuerdo a sus vivencias personales.
Foto por: Juan David García Cifuentes
  • “Hola, soy el papa Francisco”
  • “¿En serio?”.
  • “No hijo, en broma”.

La risa detiene la narración de James por varios segundos al recordar con emoción ese instante…

“Uno no recibe una llamada del papa todos los días”.

La conversación fue placentera y pasó lo que tenía que pasar: dejó que James volviera al sacerdocio. Ya podía andar con plena libertad interior en el camino de Jesús y le confirió el poder de las llaves, es decir, el perdón, todo esto mientras, al fondo de la llamada, se escuchaba la ópera lírica que sonaba desde El Vaticano.

Una mentira que pone en duda mil verdades

Muchos sacerdotes se ordenan con mentiras y eso conlleva a que contraigan votos bajo un concepto falso, pues lo hacen pensando que eran “hetero defectuosos” y después descubren que el amor con alguien de su mismo sexo es algo normal.

Luego de esto, los superiores, como los obispos, se hacen los de la vista gorda. Algunos gais reprimidos inician cacerías de brujas de aquellos que sí tienen el valor de afrontar su sexualidad con autonomía. La discriminación más grande se presenta por parte de la misma comunidad eclesiástica, por lo menos así lo asegura James al otro lado de la pantalla.
En el clero, dice Cristian Echeverry – sacerdote en el Centro de Evangelización y Catequesis de Manizales, CECAM – hay una proporción muy grande que es gay,
aunque no existen estadísticas para saber un número exacto.

“Si esa misma proporción fuera capaz de vivir con libertad, la comunidad eclesiástica sería más rica, más santa y habría mejor colaboración entre todos los miembros”, además agrega: “En el caso de América Latina, es más difícil que un sacerdote salga del clóset, pues son asociados a parejas del mismo sexo, visitas a bares clandestinos o que tienen una vida promiscua y estas cosas están mal vistan antes los ojos de la Iglesia católica”.

“James es una persona sumamente amable y con un trato humano exquisito. Al ser un hombre académico, es muy generoso con el conocimiento y siempre está en pro del bien común. Además de ayudar a que tengan una mejor versión de la religión, desde el perdón y la reconciliación”, dice su amigo Mario Roberto Solarte Rodríguez, profesor de la facultad de Filosofía en la Universidad Pontificia Bolivariana de la ciudad de Bogotá, D.C.

En el libro El lugar de la homosexualidad en la Iglesia, escrito por Juan Pablo Mantilla Álvarez y publicado por la Universidad Pontificia Bolivariana en el 2014, hay un párrafo que dice:

“Las (os) homosexuales son hijas e hijos de Dios, sujetos de una radical dignidad e igualdad y por ningún motivo deben ser discriminados”.

No hay días normales en la vida de este sacerdote, pues la mitad del tiempo se la pasa viajando y dando charlas en diversos países, ya que, al no tener apoyo eclesiástico ni académico, es así como se gana la vida. Recientemente se está recuperando de su visita a Estados Unidos, en donde dio 24 charlas en 23 días y con las ganancias que esto le deja, se puede pagar algunos viajes a Colombia o México, para seguir dictando sus conferencias y extendiendo la palabra del señor alrededor del mundo.

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